Julián Quirós: «En Valencia descrubrí la piel barata de un poder que parece sólido y no lo es»

Julián Quirós llegó a Valencia en 2009 para dirigir 'Las Provincias', y estuvo allí hasta 2020, cuando se mudó a Madrid para ponerse al frente de ABC. En aquel tiempo vivió de primera mano el colapso de un sistema que vivió en una fantasía de inauguraciones, estrenos y megalomanía: todo era oropel. Ahora lo cuenta en 'El último brindis' (HarperCollins), una novela donde no aparecen los nombres de Barberá, Camps, Zaplana o 'El bigotes', pero donde se les intuye. El libro viene a ser la crónica del fin de una fiesta celebrada en un ático con vistas al mar y botellas de Moët & Chandon y amiguitas y gente que dice eso, amiguitas. Y es también el espectáculo de un naufragio o de una resaca o de una detonación. Y un fresco de grises en el que hay cómplices y víctimas entre los políticos y los ciudadanos y los empresarios. Quirós presentará la novela este martes a las siete de la tarde en la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón de Madrid. Le acompañarán en el escenario Juan Manuel de Prada, Pedro García Cuartango y Carlos Aganzo. —¿Qué recuerdos le vienen de esos años a la cabeza? —Recuerdo la incredulidad, pensar que aquello no podía ser verdad. Luego vi que las noticias se confirmaban y los casos se repetían, se iban acumulando, y uno tapaba al anterior. Fue una vorágine. En Valencia descubrí la piel barata del poder: parece que es muy sólida y realmente no hay nada, te abren un ojal y se cae todo. Vivir aquello fue fascinante periodísticamente, y literariamente también. Ver cómo se comportaban los individuos ante el colapso, qué distintos fueron unos de otros, cuánto de azar hubo en el sobrevivir o no sobrevivir… —¿Por qué una novela y no una crónica? —Los hechos ya estaban contados, y muy bien. Lo que me interesaba era desvelar una conciencia colectiva, desvelar un sistema de poder, desvelar cómo el poder crece, se consolida y cae. Y cómo opera el miedo después, cuando se resquebraja el sistema. Para eso necesitaba la libertad de la literatura. —¿Y cómo ha sido meterse ahí? —Ha sido fácil, pero trabajoso. Una vez que encontré los mecanismos narrativos, fluía la escritura, pero ha requerido mucho trabajo de precisión. Cuando te enfrentas a esto, los hechos se suceden de una manera compleja y múltiple que dificulta el relato. Tienes que simplificar la historia, simplificar los personajes, la cronología. Lo vi como un ejercicio de perspectiva, como una forma de darle una estructura a toda aquella secuencia de eventos distintos, pero que en el fondo conformaban una malla. Pasaron tantas cosas… Hubo hasta muertes. —La novela está dedicada a los periodistas. —Casi ningún trabajo de corrupción se destapa sin el trabajo general de los medios. En unos casos unos medios están más acertados, o tienen más suerte, y en otros menos, pero el conjunto se compensa. La prensa como conjunto cumple un papel trascendental. Sin la prensa no hubiésemos sabido de este escándalo, ni de muchos otros. Por eso es tan peligroso lo que está sucediendo: nos piden que renunciemos al papel de vigilantes y seamos una prensa oficialista. Es decir, que seamos una prensa subordinada al poder, como en cualquier régimen totalitario. —¿Entonces también hubo un ataque tan frontal a la prensa? —Sí, sí: el poder siempre se defiende desprestigiando lo que publican los medios. Las conductas del poder son repetitivas. Lo que pasó en la Comunidad Valenciana pasó en la Cataluña de Pujol con el famoso 3% y en la Andalucía de los ERE. —Da la sensación de que ya estamos curados de espanto con la corrupción. —Tiene que ver con la polarización y el sectarismo. Los políticos intentan convencer a sus votantes de que todo es mentira. Repiten: es mentira lo que dicen de nosotros. No dicen de mí, dicen de nosotros, y meten al votante ahí, para que se sienta parte del agravio. Y al final persuaden al votante de que si lo hacen los míos, bueno, es mejor eso a que gobiernen los contrarios. La corrupción se beneficia de todo esto: del partidismo, del sectarismo, de la polarización. Por eso en otros tiempos se perseguía más la corrupción: todo el mundo se ponía contra la corrupción independientemente de dónde procediera. Ahora se mira para otro lado cuando viene de los tuyos. —Ver tanta corrupción, ¿no le vuelve a uno más cínico? ¿No nos empuja la corrupción a la antipolítica? —Yo ahora creo más en la democracia liberal. Creo que todo poder lleva en sí el germen de la perversión, de la corrupción, y por tanto creo que necesitamos mecanismos institucionales para controlar al poder. Creo en aquello de Lord Acton: el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Creo en la limitación de mandatos, creo en el periodismo crítico, creo en una justicia independiente. Creo en todo eso que se está desmontando en España y fuera de España. —¿Vamos a peor? —No son buenos tiempos para la democracia liberal, y por tanto la corrupción crecerá. Pero caer en la antipolítica es un error porque todos aquellos que llegan desde la antipolítica para limpiar el sistema acaban siendo más corruptos y más autoritarios que aquellos a los que destronaron. Y no solo eso: acaban generando más desgracias en las sociedades. Es lo que pasó en Iberoamérica. —¿No ocurre lo mismo con el periodismo? La alternativa a la prensa parece bastante peor. —Cuando nacieron las redes sociales nos decían: ah, esto va a salvar la democracia, por fin cualquiera de nosotros va a poder exponer sus argumentos y va a enriquecer el debate público frente a los vicios de la vieja prensa que lo controlaba todo y estaba corrompida y llena de intereses. Bien, pues ahora nos piden que verifiquemos todo lo que circula por ahí. Podríamos haber sido arrollados por la revolución tecnológica, pero lo cierto es que seguimos aquí y que lideramos los 'rankings' informativos de internet. Son los periódicos los que están financiando la generación de información, la generación de noticias y de investigaciones que nutren a todo el sistema mediático y de redes sociales. Seguimos reinventando el negocio, aún no hemos encontrado la solución, pero seguimos aquí. Creo que dentro de muchos años diremos: nosotros vivimos todo aquello. —Volviendo a Valencia… —No era solo una trama de gente que había llegado para pillar y salir corriendo. Era algo más complejo. Era gente que había ideado un modelo, un modelo de poder, un modelo para llegar y seducir a la sociedad. Eran unos tiempos de viva la vida, de creer que el crecimiento era imparable y que Valencia era una tierra prometida, una especie de paraíso. Y en esa relajación de costumbres y controles se produjo la corrupción. —En la novela también se habla de los corruptores: esos que organizaban fiestas con prostitutas en áticos privados para los políticos. —Los corruptores de aquellos años, que fueron nueve, fueron casi amnistiados, porque les quitaron las penas de cárcel a cambio de colaborar con la justicia. Les pusieron una multa irrisoria que pagaron con el primer contrato que consiguieron. Porque volvieron a ser los principales contratistas con la siguiente administración... —Hay un epílogo en la novela dedicado a los santos inocentes: aquellos a quienes acusaron de corruptos y se demostraron inocentes. —Lo que pasó fue que se creó un estado de persecución general o de causa general: todos eran sospechosos, iban a por todos, y se le dio la vuelta al poder. Durante años vimos la manga ancha que tenían los políticos, la barra libre de la que disfrutaban: podían hacer lo que quisieran. Ese poder pasó después a la prensa, a ciertas instancias judiciales, a la fiscalía: se permitieron hacer casi cualquier cosa. Y los sospechosos no tenían capacidad ninguna de defenderse, porque se había creado un estado de opinión en el que ya eran culpables. Y ese estado de opinión estaba fundamentado por los escándalos, pero se llevó por delante a muchos. Ese epílogo es periodístico, no hay ficción: son los nombres de gente inocente, de gente honrada, de gente sensata por la que pasó la apisonadora de la corrupción. Muchos quedaron marcados para siempre: por desprestigio profesional, por no poder volver a encontrar empleo, por gastar su poco patrimonio en defenderse judicialmente. Hay gente que vendió sus viviendas para no acabar en la cárcel.