Cada 28 de febrero celebramos el Día de Andalucía y, más allá de banderas y actos oficiales, conviene preguntarnos qué significa realmente ser andaluz. No es solo presumir de playas, de pueblos blancos o con decir que vivimos en un paraíso. El orgullo verdadero nace de algo más hondo. Ser andaluz es pertenecer a un pueblo que lleva la solidaridad inscrita en su ADN. Lo demostramos cuando llegan las dificultades, cuando una tragedia sacude a una familia o a una sociedad entera. Adamuz es solo la punta del iceberg de una tierra que sabe reaccionar unida, sin preguntar a quién votas o de dónde vienes. Esa capacidad de tender la mano, de compartir lo poco o lo mucho que se tenga, es nuestro mayor patrimonio.