El pasado miércoles se alzaba el telón de la Cuaresma, con la imposición de la ceniza sobre nuestras frentes, aromatizada cada año por los versos de nuestro poeta Pablo García Baena, en su hermoso poema penitencial: «Otra vez tu ceniza, Señor, sobre mi frente. Polvo soy que algún día volverá hasta tus plantas. Polvo en la muerte y polvo ahora que aún vivo, perdido entra la arcilla blanda de tu universo». Más adelante, Pablo la describirá en un verso celeste y esperanzado: «Otra vez la ceniza ardiente como ascua que estalla en el volcán de tu amor implacable, lucha por derribar, por abatir en Vida la altiva barbacana que levanta sus muros en la ciudad confusa de mi alma». La invitación del sacerdote al imponernos la ceniza era más radical: «Conviértete y cree en el Evangelio». Aunque hace ya muchos años, religiosas misioneras allende los mares la suavizaban con esta otra fórmula: «Acuérdate de que eres fiesta y de que en fiesta te has de convertir». Desde la orilla de la fe, la Cuaresma llega como «hoja de ruta» con tres pilares conocidos: «oración, ayuno y limosna». La oración es el encuentro y el diálogo con el Dios que buscamos entre la niebla, la fuerza de todo creyente. Cuando nos sentimos débiles y frágiles, podemos dirigirnos a Dios, con la confianza de un hijo y entrar en comunión con Él. Ante las muchas heridas que causan dolor y podrían aridecer nuestro corazón, estamos llamados a sumergirnos en el mar de la oración, que es el mar del amor sin límites de Dios, para que nos consuele con su ternura. El segundo pilar de la Cuaresma es el ayuno, que no se centra en los alimentos sino en nuestra fe. «El ayuno tiene sentido, nos decía el papa Francisco, si hace que nuestras certezas se tambaleen realmente, si supone un beneficio para los demás, si nos ayuda a practicar el camino del buen samaritano que se detiene al ver un hermano en apuros y lo ayuda. El ayuno comporta la elección de una vida sobria, que no derrocha ni descarta. Ayunar ayuda a entrenar el corazón para lo esencial y para compartir. Es un signo de toma de conciencia y de responsabilidad frente a la injusticia y al abuso, sobre todo de los más pobre sy desamparados y es el signo de confianza que depositamos en Dios y su providencia. El tercer pilar del camino cuaresmal es la limosna, que abarca no sólo el gesto de «dar» sino la actitud de «darse», con nuestras palabras cercanas y nuestros gestos más generosos.