¿Un Parlamento? No, un campamento bárbaro

Vergüenza. Eso es lo que siento cuando veo que en nuestro Parlamento parece que las palabras se hayan convertido en armas tanto para descalificar al contrario como para evitar responsabilidades. Vergüenza cuando me pregunto cómo han llegado a una sede que debería ser un oratorio de la palabra determinados parlamentarios con tan menesteroso vocabulario. La degradación del lenguaje político, su vulgarización, ha llegado a unas cotas insufribles en las que se impone lo breve, rápido y simple, como si los bulos y la pocilga fuesen hoy el mejor recurso para despertar la atención de los votantes. El Parlamento español está hoy en un estado de cagalera dialéctica. Lo más trágico es que, si están ahí en representación del voto, habrá que preguntarse si no son en realidad más que un reflejo de nosotros mismos.