Llega la Cuaresma y los cristianos se empolvan la cara, más bien la frente, para recibir la cruz de ceniza que nos marca como el polvo que somos y el polvo en el que algún día nos convertiremos. Mejor dicho, es la cruz que nos señala como seres renovados que buscan en la palabra y el mensaje de Jesús de Nazaret la solución a este mundus horribilis.