España tiene una peculiar habilidad para fabricar inquisidores sin teología. No necesitan latín, ni escolástica, ni siquiera haber leído un libro entero: basta con un cargo público, una cuenta en redes sociales y la certeza íntima -inquebrantable- de pertenecer al bando correcto de la historia. A partir de ahí, todo es sencillo. El bien y el mal se reparten por afinidad ideológica, como los asientos en una boda. Unos cerca de la novia, otros al fondo.