Emilio Caracafé: «Moriré en las Tres Mil con la Fundación Alalá y las manos en mi guitarra»

Emilio Fernández de los Santos «Caracafé» (el mote se lo puso su hija cuando tenía 4 años) acaba de ganar la Encomienda de número de la Orden del Mérito Civil por su labor con los niños de las Tres Mil Viviendas, el barrio sevillano en el que se crió junto a sus diez hermanos. Gitano de ley y alma de la Fundación Alalá, que ofrece oportunidades formativas a los alumnos del barrio más pobre de España («ya contamos con casi treinta universitarios graduados»), este guitarrista flamenco aprendió del Niño Ricardo, su maestro, y del más grande, Paco de Lucía, a quien califica de «genio y buena persona». Ha compuesto la banda sonora de tres películas, actuado en infinidad de teatros y acompañado a Niña Pastori, Pepe de Lucía, Manuel Molina o Manzanita, pero de lo que se siente más orgulloso es de la Fundación Alalá. -Enhorabuena por esta medalla. ¿Por qué cosas cree que se la han dado? -Se llama al Mérito Civil, pero es el mérito de muchos. Me hace ilusión que me la den en el día que se cumplen 600 años de la entrada del pueblo gitano en España. Es un gran orgullo para mí como gitano. Pero quiero dejar recalcado que el mérito, nunca mejor dicho, es de las personas que están detrás de la Fundación Alalá. Son ángeles para mí y los considero como mi familia, mis hermanos. Cuando empecé con este proyecto, mi propósito era la educación de los niños, darles todos los medios adecuados para que pudieran alcanzar su sueño. El principio fue como un poco caótico, porque yo lo que quería era que los niños de las Tres Mil acudiesen al cole. Y a raíz de eso me ofrecen ayuda. José María Pacheco, fundador de Konecta y nuestro presidente, me preguntó qué quería hacer. Entonces le dije con mi humildad eso, que los niños de aquí fuesen al cole y estudiasen, que era un proyecto a 15 o 20 años mínimo y que costaría mucho dinero, si se quería hacer bien. Y así empezamos, con Blanquita (Blanca Parejo), que es la directora de la Fundación. Por eso digo que los méritos no son míos, que hay muchos méritos detrás. Luego aparecieron profesores, empezamos a crear mentores cualificados para cada disciplina y comenzamos a trabajar con el flamenco como herramienta de motivación. Y aparecen patrones, a los que agradezco muchísimo también. Y así se funda Alalá. -Y crece. -Sí. Empezamos a trabajar con los jóvenes, empieza a aparecer el deporte, las artes plásticas, el teatro, la guitarra, el cante, la percusión y el baile. Y empezamos a conocer las inquietudes de cada alumno, de cada familia. Y a enseñar el esfuerzo, el que algo quiere, algo le cuesta. -Valores que es preciso recuperar. -Valores como el esfuerzo, la disciplina o la actitud. -¿Cuántos alumnos han pasado por la Fundación? -Miles de alumnos. Cada año tenemos unos cuatrocientos niños entre Sevilla y Jerez porque tenemos una sede también allí, en un barrio delicado. Tenemos cerca de 30 alumnos con carreras universitarias, lo que me llena de orgullo. Y lo hacen en una universidad de prestigio como la Loyola, donde también estudia el hijo del banquero o el hijo del alcalde, gracias al convenio que firmamos con ellos. - ¿Qué estudios hacen? -Hay de todo y muchos ya ejercen su profesión como ingeniero o médico. Pero si no pueden alcanzar ese nivel, queremos que por lo menos se formen a un nivel medio profesional para que el día de mañana puedan ser independientes y tengan una vida digna y una vida feliz. Y que su sueño no se quede atrancado porque no tengan medios ni oportunidades. Que sepan que tienen a su alrededor muchas instituciones y muchas fundaciones que pueden ofrecerles ayuda. Yo he dicho que si alguno de estos niños quiere ser astronauta, que no se preocupe. Tendrán que darse vueltas en esa máquina, mareados, metiéndose sin respirar y aguantando en la piscina. Deben aguantar todo ese proceso y además que les guste y les encante. Y después que se suban a la Luna. Imagínatelo. A la Luna que se baila por bulerías (risas). -Nació en Huelva pero se siente de Las Tres Mil. ¿Han cambiado mucho desde que usted llegó? -Sí, me crié aquí y soy hijo de Las Tres Mil. A mí me costó muchísimo conseguir mis propósitos y el éxito. Cuando empecé con la guitarra, no había las ayudas que hay hoy pero siguen casi los mismos problemas, porque es un barrio donde hace falta muchísima visión para que estos jóvenes tengan sus posibilidades. No es igual que otros lugares. Si vas a pedir trabajo y dices que eres de las Tres Mil, te rechazan, aunque estés cualificado plenamente y seas buenísimo. Eso tiene que acabar. -¿Tienen que poner otro código postal? -Algunos lo han tenido que ocultar. Eso se tiene que acabar. Lo que hay que hacer es mirar a la persona olvidando su raza y los colores y apoyar sus méritos, tratándolos a todos por igual. No por ser de este barrio deben tener menos oportunidades. Las oportunidades deben existir igual para ellos que para los jóvenes de Los Remedios o de Triana. Para mí lo más importante es la persona. -¿En qué cree que ha evolucionado el barrio en la última década? -La droga sigue existiendo pero ahora veo a los jóvenes muy mentalizados. Han aprendido mucho y saben lo malo que es la droga. Y si antes caían en eso 50 jóvenes de cada 100, hoy de mil caen muy pocos. Antes caían muchos gitanos en la droga, también payos, que lo digo con mucho cariño porque me refiero con esa palabra a una persona que no es gitana, sea inglés o alemán, pero con cariño. Antes caía mucha gente en la droga por ignorancia también. Antes veías a muchos jóvenes en el barrio con la droga, ahora hay algunos pero muchísimos menos. -¿Y de infraestructuras? -Pues también han mejorado mucho. Faltan aún muchas cosas, me gustaría que en las Tres Mil hubiera cines y grandes centros comerciales. Y una piscina grande para los jóvenes, para los niños. Una piscina municipal. Ya la tenemos pedida. -Aquí, en la Factoría Cultural de las Tres Mil (donde tiene lugar la entrevista) , hay un auditorio que ya querrían tener muchos barrios de Sevilla... -Es verdad. Es una maravilla. Y tenemos grandes salones para las clases. Le estamos dando mucha vida al barrio, pues le estamos dando mucha vida y aquí hacemos cosas muy bonitas. -Da la impresión de que se ha invertido mucho dinero público en el Polígono Sur sin que los avances se correspondan con esa inversión.   -Lo entiendo, claro, porque aquí se necesitan conseguir más cosas, pero para eso yo creo que falta más comunicación con el pueblo, con las personas, pero directamente informando mano a mano. Por ejemplo, la limpieza, dónde hay que tirar las cosas y la basura, que conozcan los colores de los contenedores donde se tiran los plásticos o las botellas. Pero en materia de infraestructura y valores se está ganando mucho terreno. -Las Tres Mil suelen salir en los medios nacionales dentro de las secciones de sucesos, por redadas policiales contra la droga o tiroteos. Hace poco hubo uno. -Sí, tenemos cosas malas. Pero también buenas. Y pocas veces han salido por cosas buenas. Normalmente la noticia son drogas o tiros. Pero existen también en otras partes y en las Tres Mil también ocurren muchas cosas buenas y bonitas. - Como estos estudiantes y universitarios de los que me ha hablado antes... -Sí. Y eso me llena de orgullo. Y estoy súper orgulloso de la entrega de esta medalla. Quiero de corazón a este proyecto de la Fundación Alalá y seguiré luchando toda mi vida por estos niños y jóvenes. Ojalá pudiese cambiar muchas cosas más. Y estoy seguro que si toda la sociedad trabaja junta para cambiar muchas cosas desagradables que no deberían ocurrir, lo conseguiríamos. Sería maravilloso. -¿Se ve con la Fundación Alalá hasta el final de su vida? -Sí, me gustaría morir aquí ayudando a los niños y jóvenes del barrio. -¿Y tocando la guitarra? -Sí, si puede ser, tocando la guitarra. Querría morir con la mano puesta en la guitarra y aportando a los demás.