En una curva de esa carretera por la que se espera que avance una columna blindada enemiga, un furgón se adelanta a su llegada y se detiene en una cuneta, al abrigo de unos árboles. De sus puertas laterales abiertas empiezan a saltar, no soldados, sino pequeños drones con ruedas y orugas, algunos con patas, como insectos. Los más ligeros apenas llevan una cámara, un emisor y una antena. Los medianos son como cochecillos de juguete que acarrean una mina. Los más grandes corren hacia los altos de un monte cargando cohetes RPG antitanque.