El tratado firmado en un pueblo de Valladolid en el que se dividió Groenlandia (sin saberlo)

Tras la fundación de la Organización Naciones Unidas (ONU), en 1945, Groenlandia dejó de ser considerada como una colonia en el sentido estricto de la palabra, pero no gozaba de autogobierno. Ocho años más tarde se integraría formalmente en Dinamarca, aunque desde entonces y hasta la actualidad, los groenlandeses no han sucumbido en sus ambiciones de independencia, buscando incrementar la soberanía sobre sus recursos. Con 2,1 millones de kilómetros cuadrados, esta isla situada en el Ártico es la más grande del mundo , aunque el 85 por ciento de su territorio está cubierto por hielos persistentes, lo que hace inviable su habitabilidad. Así las cosas, sus casi 57.000 habitantes -según datos del Ministerio de Asuntos Exteriores de Dinamarca- se reparten en el 15 por ciento del territorio restante, a lo largo de la costa occidental del islote pero fundamentalmente en su capital (Nuuk), donde se concentra casi el 30 por ciento de una población cuya economía principal gira alrededor de la pesca y las exportaciones de pescado. Sin embargo, no es su principal modo de subsistencia lo que le atrae tanto al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sino su ubicación estratégica -está situada entre la gran potencia mundial, Europa y Rusia- y sus ricos yacimientos de recursos naturales, entre los que se encuentran el petróleo, gas y minerales de tierras raras -parte de ellas sin explotar-, cruciales para fabricar dispositivos como teléfonos móviles y vehículos eléctricos. El periódico 'New York Times' indicaba el pasado enero que una de las ideas planteadas por Trump sería que Dinamarca cediera soberanía sobre pequeñas zonas de Groenlandia, donde Estados Unidos construiría sus bases militares. De conseguir finamente el dirigente sus intenciones, no sería la primera vez que se 'trocearía' la gran isla. Ya fue partida hace muchísimo tiempo, aunque solo sobre el papel y sin que lo supieran las todopoderosas naciones que entonces se repartían el 'pastel': España y Portugal. Ocurrió en junio de 1494, en la pequeña localidad vallisoletana de Tordesillas. Acababa de volver Cristóbal Colón de hacer las 'Indias' y estas dos grandes potencias necesitaban llegar a un acuerdo de cómo repartirse el mundo, así que «trazan un meridiano que va a estar a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde» y que dio la vuelta de polo a polo, recuerda el historiador Miguel Ángel Zalama, director del Centro Tordesillas de las Relaciones con Iberoamérica, dependiente de la Universidad de Valladolid. La parte de la izquierda de esa «línea imaginaria» fue para Castilla; la de la derecha, para Portugal. Lo que no sabían los diplomáticos que participaron en aquellas negociaciones -luego sancionadas por parte del rey Juan II de Portugal en Setúbal y de los Reyes Católicos en Arévalo (Ávila)- es que al proyectar esa línea hacia el norte y al sur dividirían el Ártico -Groenlandia- como también la Antártida: «Lo que hicieron fue dar la vuelta al globo terráqueo». Insiste el catedrático que fue una división «absolutamente imaginaria» y poco congruente porque «para empezar, castellanos y portugueses no se ponían de acuerdo de lo que era la dimensión de una legua. Hoy nos parece inconcebible porque un metro es un metro y ya está. Y lo mismo ocurre con una pulgada o una yarda, pero entonces no». Luego, además, se enfrentaban a un «segundo problema»: «Cabo Verde es un archipiélago con más de 250 kilómetros de este a oeste, ¿qué isla cogían de referencia para empezar a contar las 370 leguas?». Fue otro motivo de discusión que llevó a que el tratado firmado en Tordesillas decayera en el siglo XVIII «sin que se hubieran puesto aún de acuerdo». Aún así, fueron tres siglos en los que la división del mundo estuvo marcada por un documento acordado por la diplomacia de ambos reinos en una pequeña villa vallisoletana y que durante fue custodiado en el Archivo General de Simancas -hoy está en el de Indias, en la capital sevillana-. Para el historiador, el hecho de que Tordesillas elegida núcleo de las negociaciones se debió a dos cuestiones: primero, ser este municipio «un cruce de caminos» y, segundo, disponer de un Palacio Real que en aquella época era utilizado frecuentemente como residencia por parte de la Monarquía española -estuvo habitado por la reina Juana-. Miguel Ángel Zalama considera que el hecho de 'jugar en casa' hizo que España resultara más beneficiado en el tratado: «Simplemente basta con viajar por América para darse cuenta de la herencia española. Brasil es un país muy grande, pero también con una selva muy extensa e incluso hoy sigue siendo difícil circular en ella». No obstante, en cuanto a Groenlandia se refiere , España no resultó tan beneficiada, pues la línea imaginaria suponía que Portugal se quedase con el 90 por ciento de la isla más grande del planeta... El historiador insiste al respecto: «Bueno, eso depende de donde quisiéramos poner esa línea. Parece que colocándola dentro del margen le correspondía más al país vecino que a España». Pero es «hablar de la nada», reitera. «Hoy en día se está hablando de minerales y no sé cuántas riquezas en el subsuelo de una isla que está totalmente helada. ¿Cómo iban a sacarlas entonces? Eso no pasaba por la cabeza de nadie». Aún así, destaca que el interés internacional por Groenlandia se remonta a siglos atrás y no es algo reciente ni exclusivo de Estados Unidos. De hecho, recuerda que China y Rusia también se han fijado en la gran isla de hielo, este último con la idea de tener una salida a los mares cálidos. «La tienen por San Petersburgo, pero se puede cerrar en cualquier momento», sostiene. Además, desde que se supiera de su existencia, esta zona del Ártico estuvo en el punto de mira de aventureros y europeos ávidos de enriquecerse con el 'mineral' de la época: la grasa de ballena. Así, durante la segunda mitad del siglo XVI los marineros de Guipúzcoa y Vizcaya crearon allí una especie de 'zona industrial', tal y como muestra el hecho de que arqueólogos hayan encontrado centurias después restos de estaciones balleneras vascas. Pero esa es otra historia.