Beatriz Benítez, adoptada: "Fui al cementerio a descubrir cosas mirando las lápidas, es revelador. Cuando vi a mi madre por primera vez, fue impactante y doloroso, era mi reflejo"

La adopción es, para muchas personas, un acto de amor y proporciona una estupenda nueva oportunidad, pero a la vez es también un agujero en la memoria, a menudo una pregunta sin respuesta que acompaña a toda la existencia. Imagina que tu historia personal empezase con un silencio así, que no supieses de dónde vienes, ni a quién te pareces, ni por qué fuiste separado de tu origen. Hoy, en 'Fin de Semana', escuchamos las voces de quienes han aprendido a vivir con esas preguntas grabadas en la piel y han hecho de sus vidas un camino de búsqueda de respuestas. Beatriz Benítez nació en Madrid en 1971 y fue adoptada con dos días de vida, apenas nacida. Su relato arranca también con un dolor, con una ausencia. "¿Quién soy? ¿De dónde vengo?" En España durante décadas muchas mujeres dieron a luz sin dejar ningún dato de filiación. Por otro lado, es cierto que, además, la adopción suele preservar la identidad de los donantes, en particular si lo piden. Y durante años la familia biológica de Beatriz fue un misterio hasta que, tras la muerte de su abuela, esta abogada de profesión sintió una chispa y se puso a buscar a su familia biológica. Beatriz Benítez e Iván Gastañaga, otro joven adoptado, en su caso, desde Rusia, han compartido sus vivencias en el programa ‘Fin de Semana’ de COPE, con Cristina López Schlichting. Ambos han emprendido un largo camino de búsqueda para responder a esas grandes preguntas y así reconstruir un puzle personal al que le faltaban las piezas más importantes. Beatriz Benítez, nacida en Madrid en 1971 y adoptada con apenas dos días de vida, forma parte de la asociación “La voz de los adoptados”. Explica que la creación de un colectivo así es fundamental, ya que “cualquier persona que tiene una circunstancia vital, la que sea, por h o por b, siempre busca a sus iguales”. Esta necesidad de encontrar a otros que han vivido lo mismo es, para ella, un rasgo común que une a las personas adoptadas por encima de cualquier otra diferencia. Según Benítez, lo que realmente une a todos es una misma inquietud existencial. “Lo que compartimos la mayoría es esa necesidad de saber de nosotros”, afirma. Se trata de una búsqueda de autoconocimiento que, a menudo, pasa por encontrar a la familia biológica, porque, como recuerda, toda persona adoptada tiene necesariamente cuatro progenitores: un padre y una madre biológicos, y un padre y una madre adoptivos. La historia de Iván Gastañaga es singular: fue el primer niño ruso adoptado por una familia española. Nació en Moscú en 1990 y creció en Santander en un entorno familiar estable y afectuoso. Aunque sus padres siempre le hablaron con naturalidad de sus orígenes, él no se sentía ruso más allá “del papel y la historia que me habían contado”, pues no tenía referentes culturales ni de idioma. Iván explica que su proceso de aceptación ha tenido dos fases. Una primera en la infancia, preguntándose “¿por qué me tocó a mí la mala o la buena suerte de ser adoptado?”. Y una segunda, ya en la edad adulta, con la necesidad imperiosa de saber quién era, por qué había llegado a España y, sobre todo, conocer a sus padres biológicos “para saber de quién había heredado yo mis rasgos faciales, incluso mi carácter”. Esta búsqueda, sin embargo, no responde únicamente a una necesidad emocional. Beatriz Benítez subraya la importancia de conocer el historial médico familiar, un factor que puede convertirse en un detonante. “Es muy doloroso cuando además se ve afectada la salud física por no conocer el ADN”, confiesa. Para ella, fue especialmente duro al ser madre: “Con mi tercera hija ya fue como, perdona, ¿yo por qué no puedo rellenar la primera ficha de pediatría completa?”. El detonante para Beatriz fue la muerte de su abuela adoptiva. “Ese duelo de mi abuela, inconscientemente, me debió de conectar con mi primer duelo nada más nacer, que fue perder a mi madre”, reflexiona. Con una lucidez sobrecogedora, sentencia que “a un bebé perder a su madre es lo peor que le puede pasar”, independientemente de los motivos. Este dolor la impulsó a iniciar un proceso terapéutico con un psicólogo especializado en adopción. Su investigación la llevó hasta un cementerio en Santander, donde el estudio de las lápidas le desveló la historia de su familia biológica. Gracias a este proceso, ha logrado contactar con ellos y hoy mantiene relación con su madre biológica y sus hermanos. El primer encuentro con su madre fue “muy impactante”, un espejo en el que por fin podía mirarse, aunque su madre le dijo que se parecía a su hermano. A los 23 años, Iván viajó a Moscú en un impulso, sin apenas avisar a sus padres adoptivos. El encuentro con su madre biológica fue “muy duro”. Fue el orfanato donde vivió, en un “acto de absoluta humanidad”, quien le ayudó a localizarla y mediar para que la reunión fuera posible. Frente a ella, se encontró con una mujer a la que se parecía mucho, pero la conexión fue inexistente al principio. Lo describe como “hablar con una vendedora de flores a la que uno ha estado persiguiendo toda la vida”. E insiste en la dificultad de ese momento: “Es una persona que no has visto nunca con la que no tienes ningún tipo de relación, no habla tu mismo idioma y no hay un entendimiento de base del que tirar”. Han sido necesarios diez años para reconstruir su relación. Iván nunca preguntó directamente el porqué del abandono, pero lo sabe. Su madre era una adolescente en una relación “que no pudo ser” y, aunque no tenía una mala situación económica, “decidió que la maternidad no le tocaba”. En el caso de Beatriz, el motivo fue similar, agravado por el estigma social de la España de 1971, donde ser madre sola equivalía a ser etiquetada como “una degenerada, una perdida”. Ambos han transformado el dolor en resiliencia, construyendo puentes hacia sus orígenes. Sus testimonios, junto al de otros adoptados, forman parte del libro “Caminos de resiliencia”, de la asociación “La voz de los adoptados”. Son historias de vida que demuestran la necesidad humana de conocer y completar el primer capítulo de nuestra propia biografía.