Esta es la historia de una mujer en busca de sus raíces. Se llama Teresa, tiene 52 años y aún no sabe cuáles son sus verdaderos apellidos. Desde que tiene uso de razón, supo que era adoptada. Sus padres adoptivos nunca le mintieron, aunque desde que se enteró, la persigue una sensación de extrañeza. «Toda mi vida me he sentido una extraterrestre», asegura, «como si hubiera caído en un meteorito». Su familia siempre la ha tratado como una más, aunque «soy tan distinta a ellos... y no solo físicamente», confiesa.