Isabel (nombre ficticio, navarra de 82 años que reside en la Txantrea) pasó toda su vida trabajando. Primero, limpiando casas; después, adecentaba las habitaciones de los hoteles de la Costa Brava y estuvo durante un tiempo como ayudante de cocina hasta que, finalmente, regresó a su pueblo natal en Navarra y se casó con el que fue su marido. A partir de entonces, se dedicó a los cuidados de su familia –sus padres, sus dos hijas, su marido...– y de la casa. Y, de vez en cuando, hacía alguna que otra “cosica” en otros domicilios. Sin embargo, no cotizó y, cuando llegó el momento de la jubilación –poco después moriría su marido–, tuvo que hacer “encaje de bolillos” para llegar a fin de mes, darle caprichicos a sus nietos y honrar la memoria de su marido en el funeral. “Le decía que no tenía ni para enterrarle... Fue muy duro”, confiesa con la voz algo quebrada al recordar aquel capítulo que ocurrió hace 14 años. Porque aquel momento no solo fue el inicio de un duelo emocional, sino el comienzo de una asfixia económica que puso de manifiesto una realidad silenciada: toda una vida de trabajo que, para el sistema, nunca existió.