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Resulta divertido ver la entrevista que Jordi Évole le hizo Iñaki Urdangarín, que ha decidido publicar su versión de los hechos. El libro es aburridísimo, con un estilo plano, que se autoexculpa continuamente. Un reflejo de lo que es él, al fin y al cabo. Por lo menos es elegante y no arremete contra la madre de sus hijos: no en vano se juega el futuro de su descendencia, ellos aún tienen que buscarse la vida. En la entrevista, Urdangarín advierte que le llamaban de grandes empresas para participar en los consejos de administración y «aportar valor». ¿Qué es ese valor precisamente? Algo intangible, etéreo, que ni huele ni se le espera pero que igual le suponía 200.000 euros de sueldo anuales. Aportar valor. Cuando un directivo utiliza esos términos, tan de literatura de aeropuerto para ejecutivos apresurados, tengan por seguro que detrás no hay nada. El vacío. Urdangarín no tenía nada que aportar porque su experiencia era la de un jugador de balonmano, un gremio muy honroso, por otro lado, pero que poco pinta en una gran empresa. Dentro de todo este desastre, nos tenemos que dar con un canto en los dientes. El príncipe Andrés de Inglaterra ha sido detenido pero en este caso no por desvío de fondos, sino por filtración de secretos a Epstein. Aunque hacía años que se sabía que había abusado de menores y hay fotos muy turbias de él con niños pequeños. El niño de mamá, la reina Isabel, era un zángano colmenero con la líbido desquiciada. Ya se podía haber puesto a arar tierras o levantar muros de ladrillos o servir cafés. Los contactos y la cuna le permitieron gozar de una vida disoluta. Tras la pompa solo hay un tipo mediocre.