Hasta hace poco no tenía ni puñetera idea de quién era David Uclés. Su nombre empezó a sonarme el día que ganó el Nadal, un galardón que todavía conserva cierto prestigio simbólico. Seguramente mi desconocimiento tenga que ver más conmigo que con él. Hace años que no estoy pendiente de las novedades editoriales como si la literatura fuese una carrera de velocidad. Me dedico sólo a releer. A volver con obstinación, a aquellos autores que dejaron huella en mí cuando los descubrí. Desde Roberto Bolaño a Patrick Modiano, pasando por John Fante, forman parte de mi educación sentimental. Cada relectura no me revela algo nuevo, pero hay una comodidad íntima en regresar a ellos. Viejos conocidos de los que sé cómo respiran, tropiezan e incluso se repiten. Los libros son para mí, más refugio que escaparate. No obstante, el Nadal de Uclés no fue un premio silencioso. Llegó acompañado de polémica, artículos a favor y en contra, declaraciones cruzadas y, sobre todo, por un desencuentro con Pérez Reverte. Que Uclés decidiera no asistir a determinado acto porque no quería estar en el mismo cartel que un par de ultras, me parece coherente con su postura. Pero en él, también percibo una queja constante que, aunque pueda tener su base, termina por construir un relato de víctima permanente. Se puede tener razón y, a la vez, caer en una cierta autocompasión pública que cansa. No pongo en duda que sea un buen escritor, pero sospecho que no es para mí. No por animadversión ni rechazo ideológico. A estas alturas busco otra cosa en los libros. O tal vez no busco nada y sólo quiero reencontrarme con lo que ya me marcó. La literatura también es cuestión de afinidades invisibles e imposibles de explicar razonablemente. Por tanto, de momento, seguiré fiel a mis viejos fantasmas. A ellos les perdono todo. A los nuevos, sencillamente, no les debo nada. Ni quiero deberles.