La muerte es el final de todas las historias, una certeza que compartimos todos y, sin embargo nadie pronuncia la palabra, como si evitándola pudiéramos dejar de fallecer. La palabra muerte no admite matices, no ofrece consuelo, no suaviza el vacío. El lenguaje se muestra compasivo con nuestras fragilidades y ha ido tejiendo a lo largo de los siglos una red de eufemismos, fórmulas sustitutivas que amortiguan el impacto. No cambiamos la realidad, pero evitamos mentar la soga en casa del ahorcado: cambiamos el modo de nombrarla y parece que el dolor se vuelve un poco más soportable.La lengua ofrece más términos de los que uno podría pensar a primera vista para sustituir a la muerte, que por otro lado es insustituible. Nadie ha regresado del más allá. Nadie dice murió, dicen falleció, perdió la vida, dejó de existir, dejó este mundo, dejó de estar entre nosotros, se produjo su defunción, expiró. Con decirlo así parece que murió menos, a lo mejor ni siquiera murió. Porque esa es otra, las habladurías de la gente a veces se equivocan, dicen «falleció la vecina» y luego resulta que es una equivocación y ves a la muerta regando las macetas. Pero, claro, no decimos murió, decimos: nos dejó, se nos fue, se ha ido, ya no está, descansa en paz, descansa, se marchó, se apagó, se durmió para siempre, cerró los ojos para siempre... Cosas similares. Y, sin embargo, malditas las ganas que tenía de irse.Hasta los sacerdotes afirman: partió a la Casa del Padre, se fue al cielo, está en la gloria, ha sido llamado por Dios, entregó su alma, regresó al Creador, cruzó al otro lado, pasó a mejor vida... Y debe de ser mucho mejor, porque cruzó el umbral, emprendió el último viaje, inició su tránsito, abandonó la ribera de este mundo, se fundió con la tierra, volvió al polvo, se convirtió en memoria, se hizo silencio, se apagó como una lámpara, se disolvió en la luz, pero nunca regresó.Finó, feneció, entregó el espíritu, rindió la vida, halló su fin, levó anclas, partió hacia horizontes lejanos, bajó el telón, cerró el libro. Decir murió no deja espacio a la esperanza es aceptar lo irreversible. Pero, cuidado, al tercer día resucitó.