Amanecí desganado. No me apetecía hacer nada, ni siquiera me apetecía no hacer nada. Debe ser ese desfallecimiento que me acomete cuando el cobrizo de la luz terciada de las acacias, el ambarino del canto madrugador de los mirlos, el índigo arrogante del poniente, el cárdeno ardiente de los primeros lirios, anuncian que el invierno se va, que se marcha a otra orilla y que, en unos días, regresarán los vencejos. Así que todo esto es porque presiento la primavera y se me vienen abajo las fuerzas, que por otra parte nunca tuve en demasía. Le dicen a esto ‘astenia’, y por lo visto tampoco para estas cosas soy original, le pasa a mucha gente, será por eso por lo que no dejan de anunciar complejos vitamínicos.