Monumentos incómodos y pedagogía antifascista

Hay una tentación recurrente cuando una sociedad se enfrenta a los símbolos más oscuros de su pasado: hacerlos desaparecer. Cubrirlos, vaciarlos, derribarlos. El gesto produce alivio inmediato, una sensación de higiene moral que tranquiliza conciencias. Pero conviene preguntarse si ese alivio no se paga demasiado caro. Porque la historia demuestra que el totalitarismo no se combate con silencio, sino con exposición crítica.