Mis horas de sueño las recibo por fascículos. El cómputo global quizá sea similar al de mi vida anterior, de hace dos semanas, pero el reparto es muy diferente. Si bien Morfeo pagaba antes a tocateja, ahora prefiere el prorrateo. Aun así, todavía cumple, que no es poco. Además, esta nueva vida tiene algo de estimulante, de subversivo. Mis jornadas no se dividen entre el día y la noche. He roto con ese convencionalismo social, tan aburrido, y me he abonado a la contracultura. Ya nadie puede sugerirme que salga de mi zona de confort. Porque lo mío no es solo improvisación, lo mío es salvajismo programático. En ese sentido, si alguna madrugada, por avatares del destino, os fijáis en la fachada de algún edificio y veis una única ventana encendida, fijaos en si enmarca la figura de un hombre que da botecitos; si es así, saludadla. No podré responder con las manos, pero contad con que lo hago con una cabezada. Mirar la calle es un pasatiempo fabuloso. Comprendo a las señoras de luto de los pueblos que en su día me daban miedo.