Aún no se han apagado del todo los ecos del Carnaval Romano y ya se intuye en Mérida, casi con la misma intensidad, el aroma a incienso y cera nueva. Días en los que sobreviven las últimas coplas en la memoria colectiva, pegadas como purpurina imposible de quitar. En los que todavía hay quien tararea un pasodoble mientras recoge el disfraz, quien sonríe al recordar esa letra que «este año sí que sí», quien siente un pequeño vacío cuando el telón baja y las luces se apagan.