Cuenta Cesc Guim que lo primero que sintió fue vértigo. Este ingeniero llevaba prácticamente dos décadas trabajando para Intel (dos años directamente en Estados Unidos, el resto desde Barcelona pero para equipos en América, India o Alemania) cuando le propusieron ser el consejero delegado de una compañía que quería lanzar pronto el Barcelona Supercomputing Center (BSC). De ahí el vértigo: “Tenía un buen trabajo, bien pagado, estaba establecido en una compañía grande…”, enumera Guim. Pero la apuesta le ha salido bien. Aquel proyecto, Openchip, es ahora una empresa de 300 personas, con presencia en siete países de Europa y “alianzas estratégicas con socios industriales y tecnológicos”.