Los 'Amigos de la boina', una asociación de recreaciones históricas u otra de fotografía analógica... muchas son las peñas y entidades a las que nuestros Fósforos pertenecen y las que Antonio Agredano decida su Crónica Perpleja. «Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo», dicen que dijo Groucho Marx. Pero la realidad termina siendo otra. Porque la tontería, en pandilla, se lleva mejor. Por eso nos juntamos con gente como nosotros, para convertir en colectivas las pasiones individuales. Para encontrar en los demás algo de nosotros mismos. De joven estaba en todas partes. Con el tiempo me volví más solitario. Me pregunto muchas veces por qué. En qué momento perdemos las ganas de comunicarnos, de compartir nuestros esfuerzos, de quedar los sábados por la mañana para correr, o ir al gimnasio, organizar unas jornadas de cualquier cosa o incluso a tomar un aperitivo generoso en un bar de confianza. ¿Son los tiempos o soy yo? Quizá madurar es dejar de buscar el empuje común y centrarse en los ritmos propios, en el silencio; sin validaciones, sin fricciones y sin urgencias. He leído que la soledad es la epidemia de nuestros tiempos. Pienso si esa soledad es más emocional que física. Si a fuerza de años y frustraciones, uno prefiere quedarse en paz con un mismo que salir a buscar a la tribu. Que abrirse a los demás. Que encontrar refugio en otras voces y otras manos. Una carcajada compartida, recuerdo, era algo hermoso. Llegan los domingos y me gusta hundirme en el sofá. Hojear un libro con un partido cualquiera sin sonido en la televisión. Un té. La última lavadora por tender. Una revisión mental a la agenda de la semana siguiente. Y recuerdo mi entusiasmo hace unos años. No perdonaba el vermú, ni las pachangas, y siempre andaba metiéndome en grupos de whatsapps con ideas disparatadas y proyectos nuevos. Quizá tenga un propósito nuevo. Salir más. Tener más curiosidad por las cosas. Meterme en algún embolado. Una banda de rock, un club de running, una pandilla de padres que beben cerveza mientras sus hijos juegan en el parque. Quien sabe. O quizá seguir pasando los domingos en casa. Sin hacer demasiado caso a los demás. Entendiendo la soledad como un consuelo y no como un problema. Los adultos somos una contradicción andante.