Mientras México arde

México vuelve a ser noticia por hechos que deberían ocupar la atención de cualquier gobernante responsable: carreteras bloqueadas, vehículos incendiados, enfrentamientos armados tras el operativo contra El Mencho, líder del cártel Jalisco Nueva Generación, y comunidades paralizadas por el miedo. La violencia demuestra la capacidad de los cárteles para desafiar al Estado y mantener al país en tensión constante. Sin embargo, en sus conferencias matutinas –las famosas 'mañaneras'– la presidenta dedica espacio central a exigir que España pida perdón por la conquista, una postura crítica y recurrente que se repite una y otra vez mientras millones de mexicanos viven bajo amenaza. El contraste es dolorosamente evidente. México es un Estado soberano desde 1821, con plena capacidad para construir instituciones fuertes, garantizar la seguridad y atender las necesidades de su población. Los problemas actuales –la violencia organizada, la corrupción, la debilidad institucional– no se resuelven con gestos simbólicos hacia Madrid; dependen de decisiones que se toman (o no) en el Palacio Nacional. La insistencia en reclamar disculpas históricas funciona como una cortina de humo. Desplaza la atención de los verdaderos problemas y reorienta la indignación hacia un enemigo externo, cuando los responsables están dentro del país. Si de pedir perdón se trata, quizá la presidenta debería empezar por otro lado: pedir perdón a los mexicanos por no ofrecer resultados suficientes en materia de seguridad, por no atender con eficacia las necesidades urgentes de quienes viven con miedo, por permitir que organizaciones criminales mantengan su poder territorial y económico frente a un Estado incapaz de responder con contundencia. México necesita menos adoctrinamiento histórico en horario matutino y más eficacia institucional durante todo el día. La verdadera deuda pendiente no es con España. Es con los propios mexicanos. Paula Álvarez Tames. Nueva York (NY, EE.UU.) Coincido plenamente, por su brillantez y profundidad, con el artículo de Karina Sainz Borgo 'El bodegón barroco y las alimañas del Estado', con una salvedad concreta: la mención a «la pérdida absoluta de las colonias». Considero que en este punto convendría una mayor precisión terminológica, especialmente en un medio de referencia como el suyo, pues el uso del término 'colonias' aplicado a los territorios de la España imperial no resulta históricamente exacto. España no tuvo colonias en el sentido moderno del término, sino provincias y virreinatos, integrados jurídicamente en la Corona. El concepto contemporáneo de colonia surge en el siglo XIX, ligado al imperialismo industrial francés y británico, y no puede trasladarse sin matices al modelo hispánico de los siglos anteriores. A diferencia de otras potencias, España no implantó sistemas jurídicos separados para los territorios de ultramar. El marco legal era sustancialmente común, de modo que tanto un indígena del Perú como un agricultor de La Mancha eran súbditos de la Corona bajo un mismo ordenamiento. El Imperio era una estructura política extendida a ambos lados del océano. Los habitantes de ultramar eran considerados españoles, como hoy lo son los ciudadanos de territorios extrapeninsulares. España solo encajó de manera más aproximada en el modelo colonial decimonónico en casos muy puntuales, especialmente en algunas posesiones del norte de África durante la Restauración. Cristóbal Muñoz París. Fort Lauderdale (Florida, EE.UU.)