Aprender a limpiar correctamente según composición y frecuencia ayuda a conservar suavidad, evitar deterioro y mantener espacios libres de polvo o alérgenos de forma segura ¿Dónde está el mayor riesgo de incendio en nuestras casas? Algunas claves para prevenirlo Las mantas están presentes en el día a día de la mayoría de los hogares. Están en el dormitorio, en el sofá y, en muchos casos, acompañan las rutinas de descanso durante todo el año. Su uso frecuente y el contacto directo con la piel, la ropa y el ambiente hacen que acumulen polvo, restos orgánicos y otras partículas casi sin que lo percibamos. A diferencia de las sábanas, su lavado suele espaciarse más, lo que facilita que la suciedad se concentre si no existe una rutina de limpieza definida. Esa acumulación no siempre es apreciable a simple vista. Las fibras textiles retienen partículas en suspensión del ambiente doméstico, así como residuos procedentes del contacto cotidiano. Cuando no se limpian con cierta regularidad, estos elementos pueden integrarse en el tejido y resultar más difíciles de eliminar con el tiempo. Además, el uso continuado sin mantenimiento adecuado puede modificar la textura original, reduciendo la sensación de suavidad y afectando a su aspecto general. La cuestión no es solo estética. Un mantenimiento inadecuado puede afectar a su conservación con el paso del tiempo. La falta de limpieza puede endurecer las fibras, apelmazar el tejido o deteriorar el relleno en determinados modelos, especialmente en aquellos que incorporan capas internas. Además, el polvo retenido favorece la presencia de ácaros, habituales en entornos domésticos donde los textiles no se higienizan con regularidad. También influye el lugar donde se utilicen. Las mantas colocadas en el sofá están más expuestas a restos de comida, pelos de mascotas o partículas procedentes del exterior que se introducen en la vivienda a través de la ropa o el calzado. En dormitorios, el contacto prolongado durante el descanso favorece la acumulación de otras partículas como el sudor. Estas circunstancias hacen que establecer una pauta de limpieza adaptada al uso real resulte fundamental para mantenerlas en condiciones adecuadas. Para evitar estos problemas, conviene tener en cuenta tres factores antes de lavarlas: la frecuencia de uso, el tipo de material y el sistema de lavado y secado más adecuado. Revisar la etiqueta del fabricante es el primer paso imprescindible, ya que en ella se especifican temperatura máxima, tipo de lavado permitido y condiciones de secado. Ignorar estas indicaciones puede provocar daños que no siempre son reversibles. Cómo lavar las mantas según su uso y composición La periodicidad depende del uso que se haga de la manta. Cuando se emplea a diario, especialmente en contacto directo con la piel o en hogares con mascotas, se aconseja lavarla con mayor frecuencia que si su función es meramente decorativa. Si se utiliza de forma ocasional, el intervalo puede ampliarse, siempre que no presente manchas visibles ni olores. En cualquier caso, mantenerla durante largos periodos sin limpieza favorece la acumulación de polvo y partículas. El segundo aspecto determinante es el tejido. Las mantas de algodón y muchas fabricadas con fibras sintéticas suelen admitir lavado en lavadora, con temperaturas moderadas y programas delicados. Las de lino pueden lavarse también en ciclos suaves, evitando temperaturas elevadas que puedan alterar la estructura de la fibra. En cambio, las confeccionadas con lana requieren mayor precaución: se recomienda agua fría o programas específicos para prendas delicadas, ya que el calor puede provocar encogimiento. En todos los casos, la etiqueta proporciona la referencia exacta sobre el tratamiento adecuado y específica si se permite o no el uso de secadora. Cuando se opta por la lavadora, es importante comprobar que la capacidad del tambor sea suficiente para el volumen de la prenda. Introducir una manta demasiado grande en un electrodoméstico de poca capacidad puede impedir un lavado correcto e incluso afectar al funcionamiento del aparato. El espacio interior debe permitir que el agua y el detergente circulen con normalidad. También conviene evitar sobrecargar la máquina junto con otras prendas voluminosas, ya que esto puede dificultar el aclarado. Se recomienda seleccionar un programa delicado, con temperatura baja o templada, y emplear detergente suave. Antes de iniciar el ciclo, conviene revisar si existen manchas localizadas para tratarlas previamente y evitar repetir el proceso completo. También se aconseja no mezclarla con prendas que puedan desteñir o desprender pelusa. Un centrifugado excesivamente intenso puede deformar determinadas fibras, por lo que los programas suaves resultan más adecuados para preservar su estructura. Si el tejido es delicado o el tamaño impide el lavado a máquina, la limpieza manual es la alternativa indicada. En ese caso, debe utilizarse agua fría o ligeramente templada y un detergente adecuado para prendas sensibles. La manta se sumerge y se mueve con suavidad, sin frotar de forma intensa. Para escurrir, se recomienda presionar con cuidado sin retorcer, con el fin de evitar deformaciones. El secado es un paso relevante en el mantenimiento. La exposición a temperaturas elevadas puede provocar que encojan o se deterioren determinados materiales. Siempre que sea posible, se recomienda secar al aire libre en un espacio ventilado, evitando la luz solar directa en tejidos teñidos. Si la etiqueta permite el uso de secadora, debe emplearse un programa de baja temperatura. Antes de guardarla, es imprescindible asegurarse de que esté completamente seca, ya que la humedad residual puede generar olor y afectar a la conservación. Una vez limpia y seca, debe almacenarse en un lugar libre de humedad y polvo. Mantener una rutina de limpieza adaptada al uso y a la composición permite prolongar la vida útil de estas prendas y conservar sus características originales. Atender a las indicaciones del fabricante y aplicar métodos adecuados reduce el riesgo de deterioro y contribuye a un entorno doméstico más cuidado.