El futuro es incierto y la seguridad se reafirma como un bien común y global que necesitamos defender para mantener nuestros estilo de vida, libertad, democracia, justicia y desarrollo. Europa sufre una brecha de seguridad por la amenaza rusa en sus fronteras del Este. La guerra en Ucrania, que cumple hoy cuatro años, se encuentra en un momento de 'paciencia estratégica', manteniendo en el frente un 'statu quo' sostenido por los gobiernos de Kiev y Moscú , el agredido y el agresor. Rusia, pacientemente, ataca a la población ucraniana esperando desmoronar su resistencia y Ucrania mantiene sus posiciones esperando la ayuda, siempre tardía e insuficiente, de sus aliados y algún avance en las negociaciones de alto el fuego. Sin embargo, esta situación ha mutado en el último año debido a la política asertiva, sorprendente e incierta de Estados Unidos y al apoyo retórico pero remolón e insuficiente de Europa. La amenaza nuclear rusa y la vecindad y el apoyo de la OTAN crean un marco de contención que favorece la paciencia estratégica, una competición de resistencia que cada rival sufre y gestiona en un intento de escalar para desescalar y aumentar sus ventajas en la de negociación. Los aliados reconocemos a Ucrania como baluarte de nuestros valores frente a una amenaza rusa que pretende romper nuestra unidad de acción e imponer sus condiciones. Ucrania está defendiendo la idea de Europa ante el acoso del imperialismo ruso, su intento de imponer sus valores y de controlar por la fuerza su autodefinida 'zona de influencia'. Sin embargo, nosotros, sus aliados, seguimos sin reaccionar con la intensidad que la gravedad de la situación exige. ¿Cuánto tiempo podrá aguantar Ucrania sin capitular? ¿Es esta 'paciencia estratégica' sostenible? Viendo su capacidad de combate y su voluntad de vencer, la sostenibilidad dependerá de la ayuda de sus aliados, por ahora insuficiente. En cualquier caso, tiene que ser Ucrania quien, sin imposiciones, asuma las condiciones para pasar de la 'paciencia estratégica' a un alto el fuego, y para ello tendrá que definir su concepto de 'victoria' frente a la narrativa rusa. Moscú, entre tanto, y en este pantano de la paciencia, mantiene una narrativa de sostenibilidad y evolución positiva de la contienda, aunque realmente está perdiendo la guerra. Rusia no ha conseguido sus objetivos estratégicos, como la rusificación de Ucrania –al contrario, puede acelerar su entrada en la UE– o la desintegración de la OTAN –al contrario, la alianza mantiene su unidad de acción y se han incorporado dos nuevos socios que duplican la longitud de la frontera de la OTAN con Rusia–. Además, Rusia ha fallado en su intento colateral de aumentar a su favor el equilibrio de fuerzas convencionales en Europa; al contrario, la OTAN, con alguna insolidaria discrepancia, ha acordado aumentar la inversión en defensa hasta un 3,5 por ciento del PIB de cada nación, más un 1,5 por ciento en programas de doble uso relacionados con la seguridad nacional, y la Unión Europea ha puesto en marcha un plan de rearme o alistamiento en consonancia con el objetivo de la OTAN. Tampoco ha conseguido Rusia sus objetivos militares para ocupar Ucrania: tras la espectacular contraofensiva de Kiev, Rusia, con una capacidad de transformación y adaptación sorprendente, ha conseguido estabilizar la situación y mantiene alrededor de un 20 por ciento de Ucrania en su poder. Los últimos avances rusos son reducidos y a costa de un tremendo esfuerzo bélico en el frente. También ha fallado Moscú en su capacidad y eficiencia en el combate. Según el Centro de Estudios Estratégicos, hasta el pasado enero se contabilizaban alrededor de 1,2 millones de bajas rusas, incluyendo muertos, heridos y desaparecidos, por lo que, a pesar de su ingente capacidad humana y su cultura de sufrimiento en combate, empieza a tener problemas de reclutamiento. Tampoco ha conseguido sus objetivos económico-políticos, al no poder incorporar a Ucrania a su zona de influencia, con un gobierno títere doblegado ante el Kremlin. Mientras tanto, PIB se ha reducido, el interés de la deuda está en un 16 por ciento y la inflación, con dobles dígitos. La economía rusa sigue hoy estancada, con señales de desaceleración a corto plazo: la prolongación de la guerra, la caída de sus ingresos energéticos, las altas tasas de interés y la debilidad del consumo interno generan una situación difícil, aunque no catastrófica. El crecimiento sigue siendo positivo, pero limitado. Simultáneamente, las sanciones internacionales están reduciendo sus ingresos energéticos. ¿Cuánto podrá aguantar Rusia? Vladímir Putin necesita mantener su narrativa victoriosa para justificar su fiasco político-estratégico y se ha encontrado con la 'comprensión' de EE.UU. Si los aliados de Ucrania no reforzamos nuestro apoyo ¿cuánto tiempo tardará Rusia en conquistar todo el Dombás? Con el nivel de esfuerzo actual –se piensa que unos dos años–, ¿aguantará nuestra paciencia?, ¿merece Ucrania este tratamiento por parte de sus aliados? Putin intentará conseguir este objetivo para presentarse como líder victorioso y pasar del estado de 'paciencia estratégica' al de negociación de un alto el fuego. En su narrativa incluirá controles políticos y económicos sobre Ucrania, las condiciones de inmunidad para sus crímenes de guerra y la anulación del pago de indemnizaciones. Pero la cadena con la que Putin tiene apresada la voluntad del pueblo ruso cuenta con algunos eslabones –la crisis económica, la oposición dentro del partido o la presión social, a pesar de la propaganda y la euforia patriótica que la diluyen– que pueden saltar. Y el eslabón más importante: la presión ucraniana en el frente si nosotros, sus aliados, reforzamos de forma intensa y urgente sus capacidades de combate. ¿Cuánto podrá aguantar Ucrania? Si no recibe más apoyo su límite podría estar en esos dos años, que justificarían, desde el punto de vista ruso, su criminal 'operación militar especial', algo desastroso para Europa. Escalar el conflicto para desescalar por parte ucraniana es imposible sin el aumento del apoyo de sus aliados. Kiev debe definir su concepto de 'victoria' en su guerra de supervivencia, y determinar qué concesiones está dispuesta a hacer, y hasta dónde puede llegar una paciencia estratégica que descansa en el sufrimiento y el sacrificio de su pueblo. La Conferencia de Seguridad de Múnich, la línea roja temporal establecida por Trump para alcanzar un alto el fuego o la cumbre de la OTAN de julio van a poner a prueba la voluntad de Occidente de frenar a Rusia y reducir la valoración de su amenaza en Europa del Este. La OTAN y la UE no pueden bajar la guardia, y la única opción es intensificar y comprometer nuestro apoyo al esfuerzo de combate ucraniano. No se pueden justificar ni contemporizar, aunque sea superficialmente, las acciones y la narrativa rusas y hay que responder con la misma moneda a sus acciones de guerra híbrida de difícil atribución, pero de gran capacidad propagandística. El tiempo de análisis ha finalizado y es necesario actuar. La amenaza rusa en el futuro dependerá de nuestras acciones o de nuestra inacción actual.