Abrí la puerta temprano y ahí estaban. A ella la vi como de costumbre, o sea alta, morena, guapa y elegante. A él también le vi como de costumbre, o sea zumbón, bajito, nervioso y tirando a pelirrojo. Ella dijo «hola» y él ladró un poco. Ella me tendió la impedimenta: un cojín para su descanso, un abrigo para prevenir el frío vespertino y varias bolsas para las deposiciones. Añadió un capazo con sus juguetes: muñecos de distintos tamaños, un hueso enorme que desprende tufo a jamón serrano y martirologio cristiano, cuerdas duras como maromas de barco para mordisquearlas y, claro, la inevitable pelotita. Un par de fiambreras componían el apartado nutricional. En una había pollo, salchichas de Fráncfort y... Ver Más