Ni siquiera el cielo celeste que todos soñamos para el Domingo de Ramos quiso perderse la salida del Cristo de la Buena Muerte en esta tarde de febrero. El crucificado de la Hiniesta presidía el Vía Crucis de las Cofradías cincuenta años después del nacimiento de este acto piadoso del primer lunes de Cuaresma. El tiempo acompañó y también lo hicieron los fieles y cofrades de Sevilla, que desde el primer momento hasta bien entrada la noche fueron partícipes de una de las citas marcadas en rojo en el calendario de la ciudad, demostrando que, medio siglo después, este culto está más que asentado en su fecha y formato. Los alrededores de San Julián rebosaban público y expectación antes de que se abrieran las puertas de la iglesia pese a tratrase de un día laborable a las cuatro de la tarde. Rondaban las cuatro y media de la tarde cuando el titular cristífero de la hermandad de la Hiniesta traspasó la ojiva de la parroquia sobre sus andas en posición erguida, tal y como hace en Semana Santa, lo que permitió admirarlo tal y como lo concibió Antonio Castillo Lastrucci en 1938. Si el acto penitencial de las cofradías de Sevilla celebraba sus bodas de oro , la hermandad de la Hiniesta, con más de 450 años como corporación de penitencia a sus espaldas, llevaba tiempo esperando la designación de su titular cristífero. Aunque había estado en la terna en las últimas ediciones, quiso Dios que tuviera lugar en 2026. Y sirvió entre otras cosas para demostrar que, pese a que todos los años se abre el debate sobre si es necesario darle una vuelta de tuerca, la gente sigue respondiendo. Y también los hermanos, ya que el crucificado contó con un amplio cortejo de decenas y decenas de hermanos que se extendían a lo largo de varias calles anunciando la llegada del Señor. Las calles de uno de los últimos reductos de barrio que aún quedan en el Casco Antiguo pudieron disfrutar del Señor en los primeros compases del traslado hasta la Seo. Así, la imagen recorrió Macasta, Sorda y Duque de Montemar a sones de la capilla musical y la coral antes de salir a San Luis, donde una gran muchedumbre esperaba a la comitiva. Especial fue sin duda la primera de las presentaciones del traslado, a la hermandad de la Resurrección frente a la iglesia de Santa Marina , donde la Hiniesta tendrá que trasladarse dentro de pocos días para recibir culto mientras duren las obras de urgencia en San Julián, incluyendo la estación de penitencia del próximo Domingo de Ramos. Después llegaron las andas del Cristo de la Buena Muerte a la capilla de Montesión, donde fueron recibidas por la corporación del Jueves Santo, cuya dolorosa lucía radiante vestida de hebrea. El reloj marcaba las seis menos diez de la tarde y el cortejo transitaba a ritmo pausado camino de la Catedral por las calles del Centro. Desde ahí buscó San Martín, donde esperaba la hermandad de la Lanzada, y, a través de Cervantes, San Andrés y la capilla de los Panaderos. La cantidad de niños presentes durante la tarde fue superior a la de otros años, otro anticipo de un Domingo de Ramos para el que ya sólo quedan 33 días. La comitiva abandonó Orfila sorteando las temidas obras del tranvibús para introducirse en Cuna, saliendo a través del Salvador a la plaza de San Francisco. Rafael y Ramón Ariza mandaban las andas con la confianza y la responsabilidad de generaciones al frente de esta hermandad. En esas andas, bajo el Señor, iban depositadas las intenciones por los hermanos fallecidos. Al final de Hernando Colón los esperaba la Giralda, despojada, eso sí, de sus emblemáticas azucenas , que fueron retiradas el pasado sábado para su revisión después de que una de ellas se desprendiera debido a los temporales de lluvia y viento que han azotado nuestra tierra en las últimas semanas. Por ese mismo motivo, el cortejo penetró en la Catedral a través de la puerta de Campanillas en lugar de por la de Palos y su andamiaje. La estampa era tan inusual como hermosa minutos después de que el cielo azul cobalto de la tarde ya caída emulara al de los antifaces de raso de la cofradía de San Julián. Las campanas de la Giralda repicaban anunciando la entrada en el primer templo metropolitano del Cristo de la Buena Muerte mientras daban las ocho de la tarde, hora a la que estaba fijado el comienzo del vía crucis. En cuanto la imagen estuvo bajo las naves de la Seo dio inicio el rezo piadoso, que contó con un gran número de fieles desde la primera hasta la última estación. El profundo sonido del órgano y la coral inundaba la inmensidad del templo tanto cuando se interpretaban cantos litúrgicos como cuando sonaron adaptaciones de marchas procesionales, como la desgarradora 'Cristo del Buen Fin' de Lerate. A eso de las nueve y veinte culminaba el rezo con la oración final del arzobispo de Sevilla en el retablo mayor de la Catedral. Fue entonces cuando las andas se dirigieron a la remozada capilla Real para postrarse ante la Virgen de los Reyes. Allí se entonó la salve regina antes de que los hermanos de la Hiniesta emprendieran el camino de regreso a San Julián. Faltaban veinte minutos para las diez de la noche cuando volvían a repicar las huérfanas campanas de la torre más sevillana y el crucificado salía por la puerta de Campanillas. En la del Palacio Arzobispal llegó a escucharse el canto de una saeta mientras las andas se encontraban detenidas. Las agradables temperaturas contribuyeron a que las calles del entorno de la Catedral y el Centro mantuvieran el calor de los sevillanos. El caminar tranquilo, eso sí, hizo que se fuera acumulando cierto retraso respecto al horario previsto, por lo que el traslado terminó adentrándose en la madrugada del martes. Los tradicionales cuatro puntos de luz de cera tiniebla, esta vez sobre los antiguos portahachones de Seco Velasco que actualmente se encuentran en Tocina, iluminaban las serenas facciones del Cristo de la Buena Muerte. El itinerario era largo y serpenteante ya en su tramo final por los callejones más icónicos y característicos de la Hiniesta, en los que no se cabe el Domingo de Ramos. Allí, pese a la hora y a tanto tiempo en la calle, permanecían inquebrantables los más fieles y también los vecinos que aguardaban ansiosos el retorno de su Cristo. La entrada en la parroquia se tornaba melancólica para quienes, conocedores de la delicada situación del templo y su cercano cierre, sentían el final del traslado como un hasta pronto . Lo que es seguro —y ha vuelto a ponerse de manifiesto este lunes— es que a la hermandad de la Hiniesta, se encuentre donde se encuentre, nunca le va a faltar gente que la arrope.