Cuando me mudé de casa en 1997, lo primero que hice fue comprar una hermosa buganvilla roja con la esperanza de que cubriera toda la pared de mi diminuta terracita. Pasaron los años y tuve que acabar cediendo a su inmensa tozudez, ya que nunca conseguí lo que quería. Ella explotaba cada primavera y así alimentaba mi ilusión, pero además de no crecer nunca más de un metro y medio, al llegar el otoño sucumbía a su propio carácter pesimista y volvía a quedar pelada y enjuta, como si ya nada le importara. Recuerdo que le dediqué muchas líneas en mi columna dominical del periódico, y que a veces la comparaba a mi corazón, porque sus comportamientos eran muy parecidos.