Karyna Shuliak, la inspectora y recadera del depredador

Siempre hay alguien que ama al monstruo. Incluso si no es de su familia estrecha, incluso si se ha certificado su culpabilidad en los crímenes más abominables. Hay personas que se enamoran de especímenes capaces de toda violencia cuando ya han sido encerrados en la cárcel. No vayamos a pensar que son almas extraviadas, obnubiladas por la fama, necesitadas de caso y algo enfermas. A Jeffrey Epstein, pederasta traficante de niñas que las ofrecía a hombres poderosos de todo el mundo a cambio de favores e influencia, le amaban profesores universitarios, príncipes y princesas, cineastas, modelos de éxito, empresarios, científicos, filántropos y políticos.