El perturbador mundo de Epstein

No se confundan. El caso Jeffrey Epstein no es algo así como una versión de Sexo en Nueva York más subidita de tono. Probablemente esta ha sido la intención de Donald Trump, al aceptar que se dieran a conocer unos tres millones más de páginas de un asunto cuya auténtica dimensión y naturaleza se llevó Epstein a la tumba cuando se suicidó, o le suicidaron. En cuestiones tan escabrosas, como en tantas otras, la mejor defensa es el ventilador. Mejor aceptar que Trump era uno más de unas orgías que implicaron a media élite estadounidense que responder a acusaciones específicas de sus víctimas, debieron pensar los asesores del presidente. Al fin y al cabo, ya se sabe cómo es: un juerguista impenitente. O algo más, a tenor de las palabras que le grabaron en una ocasión: «Cuando eres una celebridad, puedes hacer lo que quieras con las mujeres. Agarrarlas por el coño. Puedes hacer de todo». De todo es lo que ocurría en la isla de Epstein a la que Trump voló ocho veces, según los últimos documentos hechos públicos. No sabemos todavía hasta dónde llegó el horror, pero la encantadora isla de Little Saint James no era como un apartamento de aquella serie famosa en la que un Donald Trump más joven hizo un cameo relacionado con la Viagra. Estaba poblada por mujeres más jóvenes, algunas menores de edad, que sufrieron acoso, violencia y violaciones.