La polémica sobre el uso de las pantallas por parte de los menores ha dado un giro inesperado. Si durante años el problema era la brecha digital por la falta de acceso a la tecnología, ahora se dibuja un escenario contrario: son las familias con más renta y capital cultural las que están retrasando la entrega del primer smartphone a sus hijos. Este ha sido el tema de análisis en el ‘Laboratorio de ideas’ del programa Herrera en COPE, donde el periodista Jorge Bustos ha charlado con el profesor de Ética Ricardo Calleja. Ricardo Calleja ha señalado que esta tendencia no es sorprendente. "Desde hace años, los que habían creado estas tecnologías y las estaban comercializando en el corazón de Silicon Valley, los Steve Jobs y los Bill Gates, a sus hijos no les dejaban usar sus propios inventos". En los mejores colegios de la zona, ha añadido, "no se introducen las pantallas hasta el final de la secundaria", dando prioridad a la creatividad y la interacción humana. La conversación ha derivado hacia una analogía con la comida basura, una comparación aportada por Jorge Bustos. Mientras las rentas altas pueden permitirse comer bien y mantenerse delgados, las bajas recurren a opciones más baratas y menos saludables. "Lo mismo ocurre con la tecnología", ha afirmado Calleja. Los datos respaldan esta idea, ya que "los hogares con adolescentes que tienen menos ingresos pasan casi 3 horas más al día frente a las pantallas que los de ingresos altos". Según el profesor, la tecnología ofrece un "acceso fácil y barato a sucedáneos de la información, de la educación y de la lectura". Aunque estos pueden ser mejores que la ausencia total, "vienen con obesidades incorporadas", creando una nueva división de clases entre quienes usan bien las herramientas digitales y quienes consumen sus versiones de menor calidad. Calleja ha ofrecido criterios concretos para gestionar la llegada del móvil. Lo primero es entender que "el problema no es tanto el móvil como el teléfono inteligente". Propone usar la tecnología ideal para cada tarea: si es para llamar, basta con un móvil básico. "La trampa del smartphone es que, con la promesa de que lo llevas todo en el bolsillo, te hace un batiburrillo de tecnologías que te llevan a usos no adecuados", ha explicado. Otro punto clave es diferenciar entre usar un dispositivo supervisado y tenerlo en propiedad. Calleja considera "un error" la idea de que el niño tenga su propio móvil en su habitación. Aunque cada adolescente es un mundo, su consejo es claro: "cuanto más tarde se introduzca la propiedad sobre la pantalla, mejor". El testimonio de un joven universitario lo confirma: "Ojalá mis padres no me hubieran dado un móvil a los 12 o 13 años". El problema, a menudo, es social. Calleja ha compartido la anécdota de su amigo Tony, cuya hija Maca, de 15 años, aún no tiene móvil, convirtiéndose en la referencia para el resto de padres. Esta presión social evidencia que "no es solo un problema personal o familiar, sino social o comunitario", pero Calleja insiste en que "es una batalla que vale la pena dar". Las normas no solo aplican a los niños. "El horizonte final no es estar conectado todo el día", ha recordado el profesor, explicando que los adultos también necesitan "normas de uso en el trabajo y en casa". En el colegio mayor que dirige, promueve prácticas como dejar el móvil fuera del comedor o del dormitorio, e incluso regala "despertadores analógicos" a los estudiantes que no duermen con el teléfono. Finalmente, se ha abordado el papel de la ley. Calleja defiende que, aunque las familias y colegios deben tener sus normas, "es bueno que esas normas se apoyen en el muro de carga de una legislación razonable", especialmente para la protección de la infancia y en el ámbito escolar, donde la presión de las empresas por introducir sus tecnologías es más fuerte.