Nos arrullan las noticias como a quien vive junto al mar le arrulla el ruido de las olas, cuyo rumor escucha con asombro hasta que deja de oírlo porque lo incorpora a su torrente sanguíneo. La sobreinformación no consiste solo en la cantidad de datos que recibimos, sino en la imposibilidad de escapar de ellos (y de articularlos, claro). Antes, buscábamos la información; ahora es la información la que nos persigue, se instala en el bolsillo y vibra a cualquier hora del día o de la noche con la urgencia de lo imprescindible, aunque casi nunca lo sea.