La pregunta aparece cada vez antes en la vida escolar de los alumnos: ¿qué itinerario encaja mejor? Ciencias o Letras, Formación Profesional o Bachillerato, universidad o vía técnica. En un sistema educativo que obliga a tomar decisiones académicas a edades cada vez más tempranas, el desafío para docentes y orientadores es acompañar sin «etiquetar» , detectar intereses sin encasillar y ofrecer información sin convertirla en destino cerrado. La orientación académica ya no se entiende como una conversación puntual en cuarto de ESO. Cada vez más centros trabajan la orientación desde Primaria, no para dirigir trayectorias, sino para ampliar horizontes. El riesgo de etiquetar pronto no es menor . Diversos estudios en psicología educativa advierten del llamado «efecto expectativa»: cuando un estudiante interioriza que «no es de ciencias» o que «lo suyo no es estudiar», ajusta su esfuerzo y sus aspiraciones a esa idea. Las etiquetas, aunque bienintencionadas, pueden convertirse en límites. Por eso, los especialistas insisten en sustituir frases cerradas por preguntas abiertas: qué le interesa, en qué actividades pierde la noción del tiempo, qué tipo de problemas disfruta resolviendo. En Primaria, la orientación no pasa por hablar de itinerarios formales, sino por trabajar competencias y autoconocimiento. Programas de aprendizaje basado en proyectos, talleres variados —científicos, artísticos, tecnológicos— y actividades cooperativas permiten observar habilidades diversas más allá del rendimiento en exámenes tradicionales. Un alumno que no destaca en matemáticas escritas puede mostrar gran capacidad de razonamiento en actividades manipulativas o tecnológicas. Detectar esos matices evita diagnósticos prematuros. A medida que se acerca la Educación Secundaria Obligatoria, el acompañamiento gana concreción. En tercero y cuarto de ESO se abren decisiones que condicionan el paso al Bachillerato o a la Formación Profesiona l. La clave, señalan orientadores, es ofrecer información clara y actualizada sobre todas las opciones, incluidas las menos conocidas. La FP, por ejemplo, ha dejado de ser una alternativa de segunda categoría y ofrece itinerarios con alta inserción laboral. Presentarla como una elección válida y exigente forma parte de una orientación equilibrada. La familia desempeña un papel determinante. A veces, la presión no proviene del centro educativo, sino del entorno. Expectativas familiares muy marcadas pueden reforzar etiquetas que el alumno no comparte. Los expertos recomiendan espacios de diálogo conjunto —familia, tutor y orientador— donde se contrasten percepciones y se ponga el foco en el desarrollo integral del estudiante, no solo en el prestigio percibido de un itinerario. Otro elemento central es asumir que las decisiones no son irreversibles . El sistema educativo ofrece pasarelas y cambios de trayectoria. Recordarlo reduce la ansiedad asociada a elegir «mal». «No se trata de acertar a la primera, sino de tomar decisiones informadas y revisables», subrayan los profesionales consultados. La orientación contemporánea apuesta por itinerarios flexibles, capaces de adaptarse a la evolución de intereses y capacidades. En un contexto de transformación tecnológica y laboral acelerada, la pregunta ya no es solo qué estudiar, sino cómo prepararse para aprender a lo largo de la vida. Por eso, más que clasificar pronto, la escuela tiene el reto de cultivar competencias transversales: pensamiento crítico, capacidad de adaptación, trabajo en equipo. Son habilidades que sostienen cualquier itinerario futuro. Orientar sin etiquetar implica, en definitiva, c ambiar la lógica de la predicción por la del acompañamiento . Escuchar más que dictar, abrir opciones en lugar de cerrarlas y entender que el talento no siempre se manifiesta de forma lineal. Si la orientación comienza pronto, pero se ejerce con prudencia y mirada amplia, puede convertirse en una herramienta de equidad y crecimiento, no en un sistema de clasificación temprana.