Tras algo más de dos meses en la presidencia de la Generalitat, Pérez Llorca ha intentado proyectar una imagen de renovación que, en realidad, se asemeja más a un ejercicio de maquillaje político que a una transformación real. No partía de una posición cómoda. El relevo se produjo en un contexto de deterioro institucional, descrédito público y fuerte crispación social. Creyó que bastaba con rebajar el tono, cuidar las formas y ofrecer algunas escenificaciones de normalidad democrática. Pero, como ocurre con el maquillaje, el efecto inicial puede resultar convincente, pero es artificial y transitorio. Con el paso del tiempo, las imperfecciones reaparecen, y la realidad se impone.