Finales de enero, nieva en media Península. El frío polar irrumpe en España a la vez que la borrasca Kristin , una de muchas a esas alturas, cruza de forma exprés el territorio. Con las carreteras del centro y norte del país afectadas por el temporal, un ciudadano tuitea con sorna la imagen de los copos cayendo: «Un cálido y seco invierno. Gracias, Aemet». Triunfa en redes sociales. Hablar de un invierno, un verano o incluso todo un año «cálido y seco» se ha convertido casi en una coletilla lingüística. Los últimos siete años en España se han registrado temperaturas por encima del promedio de 1991-2020. Y acabamos de superar una intensa sequía que hace dos años obligaba a planificar envíos de agua en barco . De ahí que haya sido frecuente encontrar predicciones estacionales en las que se planteaba un probable caracter 'cálido y seco' del invierno, la primavera, el verano o el otoño. Pero la predicción que hace la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) es algo más compleja. Asigna probabilidades a que esto ocurra y prácticamente nunca son del 100%. «Es cierto que este invierno ha causado un gran revuelo en la red social X una supuesta predicción estacional de Aemet en la que se hablaba de un invierno 'cálido y seco', pero que ya se contextualizó en su momento », dice el portavoz de la Aemet, Rubén del Campo, quien destaca que uno de cada cuatro mensajes que recibe la Aemet en redes sociales trata de desprestigiar a la agencia o a sus profesionales. «Esta situación no es nueva ni consideramos que sea debida a la predicción estacional», asegura. En la Aemet consideran un «reto» comunicar una predicción generalista, que resume tres meses, no refleja eventos extremos y en la que se suelen obviar los porcentajes de probabilidad. Es, además, una predicción contraintuitiva. El invierno de Filomena y su intensa ola de frío posterior, en la que se llegó a los -26,5 ºC en Torremocha de Jiloca (Teruel), se enmarcó dentro de un invierno más cálido de lo normal. Hubo 7,1 grados de temperatura media, lo que significa 0,7 ºC por encima del promedio. Pero nadie se acuerda de si ese invierno en general hizo menos frío de lo normal. Solo recordamos Filomena y los récords bajo cero que dejó el episodio. «Este tipo de productos (la predicción estacional) no son de interpretación tan directa como los que normalmente nos encontramos en nuestro día a día, sino que requieren de un esfuerzo adicional para comprender realmente lo que representan», opina Andrés Navarro, profesor ayudante doctor en el área de Física Aplicada de la Universidad de León y miembro del Grupo de Física de la Atmósfera (GFA). Decir que va a ser un invierno más cálido de lo normal no significa que vaya a hacer calor, al igual que un verano más frío que el promedio no implicaría tener que llevar abrigo en julio. Se habla de la probabilidad de superar o no una media que abarca tres meses. Y en las cifras promedio solo se fijan los profesionales, reconoce Ernesto Rodríguez, presidente de la Asociación Meteorológica Española (AME) y quien hasta hace tres años (cuando se jubiló) era el responsable directo de la predicción estacional de la Aemet. Por eso, algunos meteorólogos apuntan a que este producto se ha convertido en algo más que un reto. «Es un problema de comunicación, de entender qué es lo que nos da la predicción estacional, pero como todos los problemas de la meteorología», resume Rodríguez. Coincide en el diagnóstico Francisco Martín, meteorólogo de Meteored, para quien también hay un problema comunicativo. «Efectivamente, porque (este tema) estaba enfocado a otro tipo de usuario más especializado». Y ahí está el quid de la cuestión: el público al que va dirigida la predicción. Porque, ¿pará qué sirve saber, a tres meses vista, si es más o menos probable que el invierno, la primavera, el verano o el otoño van a ser más cálidos o secos que el promedio? La idea, explica la Aemet, es ayudar a la planificación de sectores como la agricultura, la energía, gestión de recursos hídricos, sanidad o protección civil. «Sin embargo, aunque para el público en general puede tener una utilidad limitada, es muy demandada por los medios de comunicación», justifica Del Campo. Ernesto Rodríguez lo dice de otra manera: «En la predicción estacional pesa mucho el elemento probabilístico (...). Muchas veces las predicciones se mueven en el entorno del 40-30%» de expectativas para un escenario concreto y eso, para el público general, «no sirve para nada». Los escenarios necesitan ir acompañados de otros datos climatológicos para que el usuario especializado le encuentre la utilidad. Por ejemplo, el agricultor o el operador de una presa tendrán que saber también la cantidad de nieve acumulada que hay, el comportamiento previsto para el deshielo y el estado del suelo, entre otras cosas. «Una predicción estacional, separada de un servicio climático, pocas cosas puede decir o ayudar», insiste Rodríguez. Además, el presidente de AME ve necesario poner «mucha cautela» en cómo se comunica. «Si yo te digo que vas a tener un 40 o 50% de probabilidad de que la lluvia sea superior a lo normal, ¿eso te ayuda o no? Porque, si no se cumple, quizá los daños económicos sean muchos», explica. Por eso, los usuarios que vayan a utilizar esta predicción deben saber trabajar con probabilidades y escenarios. «Esto hace que la predicción estacional sea de difícil utilidad o utilización para los usuarios generales», insiste Rodríguez. «La toma de decisiones relacionadas con una predicción estacional tendrá que considerar las incertidumbres inherentes a este tipo de pronósticos, tanto espaciales como temporales», dice Del Campo. Otro hándicap radica en que la predicción estacional no refleja eventos extremos como las precipitaciones torrenciales que dejó la dana de Valencia de 2024 o la sucesión de borrascas de este enero y febrero. «La sociedad se queda con los eventos extremos. Y en la predicción estacional no se dice nada de eventos extremos, porque actualmente no se puede», explica el presidente de AME. De hecho, se trata de un pronóstico especialmente complicado de elaborar y mucho más en nuestras latitudes, según aseguran todos los expertos consultados. Se trata de prever el comportamiento de un sistema caótico a largo plazo, así que hay que simular la atmósfera y también su interacción constante con el océano y la superficie terrestre. «Requiere un profundo conocimiento de las interrelaciones entre los diferentes componentes del sistema climático», dice Del Campo. Hay que tener en cuenta la temperatura del agua del mar, la presencia del fenómeno El Niño o La Niña, la cantidad de nieve en el Ártico e índices como la oscilación ártica (AO, por sus siglas en inglés), entre otras variables. Se usan multitud de modelos y es frecuente que discrepen mucho entre ellos, así que los meteorólogos deben ponderar. En lo que coinciden todos los expertos es en mantener el servicio. «El público general tiene derecho a él, todos lo pagamos», dice Francisco Martín, que indica que si no lo ofrece la Aemet, vendrá otro agente a cubrir el espacio, y puede haber intereses económicos de por medio. «Si Aemet no da esta predicción, lo van a dar otros», corrobora Rodríguez, que añade que la Aemet, como servicio estatal, siempre tendrá una responsabilidad adicional. Navarro recuerda que es una práctica habitual en otros países. «No sólo lo hacen servicios nacionales de referencia como el Met Office británico, el DWD alemán o el CPC estadounidense, sino también centros internacionales». Destaca especialmente el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (ECMWF) y el servicio C3S (Copernicus). A pesar de las críticas que está suscitando, la Aemet no se plantea dejar de ofrecer la predicción estacional. «Es uno de los 'productos estrella' de las ruedas de prensa trimestrales de Aemet. Si los medios nos preguntáis por ellas, señal de que hay interés por recibirlas, a pesar de la limitada utilidad para el público en general. Si Aemet no las ofreciese, los medios buscarían otras fuentes», asegura Del Campo. «En lo que sí tenemos que trabajar es en mejorar su comunicación desde la agencia, para que queden más claras», explica. Una labor en la que el portavoz también involucra a los medios de comunicación. ¿Y la predicción se puede hacer mejor? «Todo es, por supuesto, mejorable; pero, por su propia naturaleza, la predicción estacional necesitará seguir expresándose en términos probabilistas, y la alta variabilidad de nuestra región supone que siempre habrá un límite en la precisión que se puede alcanzar», dice Del Campo. La Aemet, cuenta, lleva tiempo trabajando con varias metodologías para intentar mejorar la resolución de los modelos e incluir predicciones de otras variables. Aun así, el tipo de modelos usados no están pensados para el pronóstico de fenómenos extremos. Verificar los pronósticos es otro de los procesos clave en meteorología. Para este invierno, la predicción de diciembre-enero-febrero daba solo un 25% de probabilidad a que fuera más lluvioso de lo normal en el suroeste peninsular, frente a un 40% la probabilidad de que fuera más seco. En el resto de la Península no se decantaba por ningún escenario concreto. Tras la concatenación de borrascas de enero y febrero, todo parece indicar que el balance será un invierno muy húmedo. «Estamos viviendo un fenómeno extremo, histórico, y no es objetivo de estas predicciones», dice Martín. En cuanto a las temperaturas, había entre un 60 y un 70% de probabilidad de que fuera más cálido de lo normal en toda España. «El invierno está siendo más cálido de lo normal, aunque parezca que no», asegura. Los datos provisionales sobre la temperatura media así lo reflejan. Pese a todo, indica Martín, todavía hay margen para afinar la predicción estacional. «Es uno de los productos que más en pañales está».