Si pidiéramos a un niño pequeño que dibujara una casa, aunque haya vivido siempre en el noveno interior de una gran ciudad, dibujaría un cuadrado con puerta, dos ventanas y tejadito a dos aguas con humeante chimenea y jardín con árbol frutal. Es la Barbie prototípica de las casas: una idea muy básica, sin matices, que todo crío identifica. La nueva serie de Calparsoro es la Barbie prototípica de las series sobre grupos nazis. Como si a Calparsoro lo hubieran sentado con seis años en la consulta del psicólogo y, en lugar de pedirle que dibujara una casa, este le hubiese pedido que escribiera una historia de neonazis. Y ahora, cuarenta y pico años después, la ha recuperado tal cual. Son tan nazis los nazis que, antes de que pase nada, uno ya dice: «Mira, un nazi». Como cuando en el cine uno, tres filas más allá, dice en voz alta: «Mira, París», nada más aparece la torre Eiffel. Hasta llevan la esvástica tatuada en la espalda y, por si alguien no lo pilla, también 'skin head' con tipografía fraktur. Tan nazis son que no pueden ser otra cosa más que eso en toda la serie. Ocho capítulos de nazis haciendo el nazi: pegan palizas a moros y negros, la lían en autobuses, destrozan mobiliario urbano, van al fútbol, pegan fuego a cosas (y a un poli), beben y se drogan, odian a las mujeres. Cositas nazis. Y les gusta tanto hacerlas que son capaces de cruzarse andando medio Madrid, del Bernabéu al puente de Arganzuela, con bengalas y bates (¿quién no tiene un bate de béisbol en Madrid?), sin que ningún miembro de los Cuerpos de Seguridad del Estado los intercepte, para pegarse con la hinchada del Marsella, que también se mete 14 kilómetros entre pecho y espalda en una ciudad que no es la suya para liarse a hostias en un sitio diferente al que ya estaban todos. Todo porque la trama, para ser prototípica por completo, necesitaba que lanzasen a alguien a un río para remitir directamente a lo ocurrido en 2014 cuando, tras una pelea multitudinaria entre ultras, un miembro de los Riazor Blues murió tras ser lanzado al Manzanares. Así de endémico y habitual es el fenómeno nazi en Madrid. Como toda historia prototípica necesitaba también un bueno muy bueno frente a los muy malos, ahí está Salvador. Además del título de la serie, Salvador es Luis Tosar haciendo de Luis Tosar en el papel de conductor de ambulancia. Salvador salva a los buenos y hasta a él mismo. ¿Sutil, eh? En algún momento alguien debió sugerir a Calparsoro que igual al personaje del bueno le faltaba conflicto para darle profundidad y algo de arco dramático a la historia. Así que, en un alarde de originalidad sin precedentes, el tipo es exalcohólico, perdió a su familia (y su trabajo y todo) y ahora su hija es nazi. Con lo que él los desprecia porque es el bueno. Sorprendente. No quiero hacerles 'spoilers', no porque crea que van a verla (les presupongo buen criterio) sino porque es todo tan previsible que a los diez minutos ya podrán adivinar los siguientes trescientos sin necesidad de que yo me chive. Así que, si de lo que tienen ganas es de una buena serie sobre extremistas violentos, prescindan de acabar reprochando a Calparsoro que les deba ocho horas de vida y vean ' The Walk-In ': cinco capítulos de trama intensa y perturbadora, alejada de artificios innecesarios, personajes complejos y la poderosa y sobria actuación de Stephen Graham interpretando a un exneonazi que pone todo su conocimiento profundo del fenómeno al servicio de la lucha contra la ultraderecha (la de verdad, no la de gominola que se ha construido a medida nuestra extrema izquierda para salir guapita en la foto).