En casi cualquier tiempo y lugar las personas se han entendido a sí mismas como miembros de un todo social, político y religioso en el que ser humano consistía en pertenecer a tal o cual estirpe, gremio, iglesia o nación. Con esto, y con una vida inevitablemente cohabitada con los demás, bastaba para dotar de sentido a la existencia. Salirte de este tiesto, 'ser tú mismo', era considerado, literalmente, una «idiotez». Fue sin embargo esa idiotez la que nos hizo individuos modernos y autónomos. Hasta el punto de ser ella la que comenzó a marcar un nuevo criterio de normalidad: el de no ser alguien normal, el de la radicalidad impostada, el de lo heteronormativo como norma; muy especialmente entre esos niños aprendices de individuo que son los adolescentes.