Aquellos viernes de LEB, imaginárselo era delirio. Aquella tarde de los autobuses a Valladolid, el Día del Estudiante o el de Marco Gaona en Zaragoza. Entonces éramos como los niños que miran la napolitana en el expositor. Somos nuevos en este negocio de la Copa, y disfrutamos más porque no hemos tenido tiempo de aburrirnos. La nuestra empezó en un coche camino a Valencia en el que embarcaban también un hombre que me ha copiado el nombre y Quini García, leyenda del baloncesto regional. Habló Radebaugh después de superar un proceso vírico. Tenía un aspecto de perro apaleado. A un tío tan delgado no le puedes quitar ni medio kilo. Comimos rodeados de paisanos. Paco Bernabé se encargó de hormigonar nuestras tripas con una tortilla hecha en paellera, única sartén capaz de proporcionarle espacio vital a aquella obra de fomento. Partimos al pabellón, donde presenciamos un aburrido Valencia-Joventut y el linchamiento del Real Madrid al Unicaja. Me recogieron mis amigos de Campo de Criptana, Ciudad Real, hijos de Sancho Panza y custodios de sus salidas. A la cabeza del comando, Sergio Olivares, esqueje de viña injertado en la terreta, a quien conocí en Turquía el verano que aprendí a hablar como un manchego.