Está de moda atacar el ‘buenismo’. Sobre todo el que se identifica con lo woke, es decir, con la ideología de izquierdas o progresista más superficial y naif. Es fácil encontrar hoy textos, podcasts, canciones y en general personas con voz pública que se regodean en el rechazo de ideas como la bondad humana, la perfectibilidad de nuestro sistema de convivencia para hacerlo menos injusto, incluso la ‘implementabilidad’ de los derechos humanos o el valor del diálogo para resolver los conflictos. En realidad estas ‘ideas’ y sus opuestas serían más bien ‘creencias’ en el sentido orteguiano (simplificando, las ideas son constructos racionales que estamos dispuestos a discutir, mientras las creencias son tan íntimas que nos identificamos y nos ‘fundimos’ con ellas). Esto explicaría la extendida tendencia a ridiculizar también a las personas que las defienden. En los ambientes ‘progres’ se desprecia o ridiculiza al partidario de hacerse rico, al amante de la tauromaquia o al que va a misa.