En la agonía política de Ortega Smith, de dirigente de máxima confianza de Vox a traidor oficial a Santiago Abasal, no existen casi elementos ideológicos. El partido – que en realidad es su dirección, los militantes son apéndices – no se ha marchado al centro, donde no se le ha perdido nada, ni hacia la externa derecha, porque ya les queda poco espacio. Si acaso ha podido molestar ligeramente de Ortega Smith luciera su facherío jacarandosamente en actos públicos y episodios callejeros, fotografiándose con viejos franquistas y jovencitos neonazis. Pero no es más ultra que cualquiera de los del núcleo duro de Abascal. El único que cuida las formas y los discursos para parecer, simplemente, un sano nacionalista español amante de la bandera y los valores familiares, y no un ultraderechista, es el propio Abascal.