Hace unos años, un amigo participó en un grupo de ayuda para familiares de enfermos de Alzhéimer. Había sufrido las consecuencias de la enfermedad de sus padres y escuchaba con atención las preguntas que hacía la responsable del estudio. De hecho, era esto: un estudio. Se trataba de recoger datos para saber cómo reaccionaban los familiares ante un drama como este. En la puesta en común de las experiencias había de todo: la inquietud del cuidador; la progresiva desaparición del alma, el entendimiento y la memoria; la impotencia frente al deterioro progresivo e inexorable; la conciliación con la vida familiar, más allá del cuidado de los enfermos. Entonces, la responsable ofreció al grupo un dilema ciertamente difícil de resolver: «Si existiera un indicador que midiera con cierta precisión la posibilidad de desarrollar el Alzhéimer en un futuro inmediato, a pesar de ser conscientes de que no hay una curación efectiva y real, ¿qué haríais? ¿Lo querríais saber?». Muchos dijeron que sí, para «poder arreglar las cosas», para tener tiempo de solucionar asuntos pendientes antes de la disolución, para avisar a la familia. Mi amigo dijo que preferiría no saberlo y que, en cualquier caso, si no había más remedio y se le comunicaban, él optaría por la eutanasia. Se creó, al parecer, un silencio incómodo. Era una época en la que apenas estábamos en pañales, tanto del tratamiento paliativo de la enfermedad como de los marcadores fiables o de las profilaxis clínicas.