Feijóo, contra las cuerdas: cede en las negociaciones con Vox y desautoriza a sus barones

A Feijóo le tiembla el pulso. Lo que debía ser una demostración de autoridad se ha convertido en una señal de inseguridad. El líder del PP ha decidido ponerse al frente de las negociaciones con Vox en Extremadura y Aragón. No es un gesto de fortaleza. Es el movimiento de alguien que ya no se fía ni de los suyos. El mensaje es evidente. Feijóo ha desautorizado a quienes ganaron las elecciones en sus territorios para intentar cerrar personalmente un acuerdo con Vox. Aquella promesa de dar autonomía a los presidentes autonómicos ha quedado atrás. Ya se le olvidó. Ahora todo se decide desde Génova. Y cuando un líder necesita asumir el control porque teme que otros no lo hagan como él quiere, algo se ha roto. El adelanto electoral se planteó como una jugada estratégica. Feijóo estaba convencido de que el momento era propicio. Quería consolidar liderazgo y reforzar su posición de cara a las generales. Pero la política no siempre responde a los cálculos. Hoy el PP depende más que nunca de Vox para gobernar en varias comunidades. En Extremadura, María Guardiola ganó las elecciones. En Aragón, Jorge Azcón también. Ambos parecían tener el encargo claro: negociar y formar gobierno. Sin embargo, la dirección nacional ha decidido tutelar directamente esas conversaciones. Feijóo no solo supervisa. Dirige. Y lo hace aceptando, en gran medida, las condiciones que Vox pone sobre la mesa. Vox ha dicho que no exige entrar en los gobiernos autonómicos. Que no le interesa ocupar consejerías. Es difícil tomar en serio esa afirmación. Puede que no lo hagan de inmediato, pero nadie duda de que exigirán influencia real. Presupuestos, orientación política, decisiones estratégicas. Nada será gratis. La situación deja una imagen clara: quien marca el ritmo y manda es Vox. Y al PP no le queda otra que adaptarse. Feijóo llegó a la presidencia del partido prometiendo orden y cohesión interna. Cuando aterrizó en la sede nacional habló de confianza en los territorios. Cada comunidad, decía, sabría gestionar su realidad. Hoy ese discurso ha cambiado. Guardiola y Azcón han quedado en segundo plano. Han ganado en las urnas, pero no deciden el marco de la negociación. Eso debilita a los propios presidentes autonómicos. Un líder territorial que arranca su mandato desautorizado nace condicionado. Y un partido que transmite desconfianza interna proyecta fragilidad hacia fuera. El riesgo de repetir elecciones en Extremadura y Aragón no ha desaparecido. Si Vox decide tensar la cuerda, la amenaza es real. Y aunque finalmente haya acuerdo, el coste político ya está ahí. El problema no es solo la dependencia numérica. Es la dependencia política. Vox no necesita superar al PP para ganar influencia. Le basta con ser imprescindible. Cuanto más difícil le resulte al Partido Popular cerrar acuerdos sin ceder, más visible será el peso de la ultraderecha. Cada negociación se convierte en una prueba de fuerza. Cada rectificación pública refuerza la idea de que Vox tiene la llave. El PP intenta mantener un equilibrio complicado. No quiere perder el voto...