Estos días existe un amplio grupo de personas, tanto políticos como ciudadanos, que rechazan las etiquetas tradicionales de izquierda y derecha. Algunos lo hacen porque no comprenden plenamente todo lo que implica estar asociado a ellas, lo cual es completamente válido, ya que se trata de conceptos altamente complejos que, además, incluyen subcategorías que no siempre son mutuamente excluyentes. Otros rechazan estas etiquetas porque, en el discurso político, ya cargan con un significado peyorativo y, en muchos casos, dificultan la posibilidad de encontrar puntos en común con quienes se ubican en la vereda opuesta. También están quienes las descartan porque consideran que están por encima de ellas y creen poder situarse perfectamente en el centro, lo cual, desde mi perspectiva, resulta en la práctica una posición políticamente difícil de sostener.