Dentro de unos días darán comienzo las Javieradas 2026, y en la segunda de ellas, que se celebrará el sábado 14 de marzo, participará un grupo muy especial. Se trata de ocho reclusos de la cárcel de Pamplona, quienes peregrinarán hasta el Castillo de Javier acompañados por dos funcionarios y varios voluntarios de la pastoral penitenciaria. Aunque en años anteriores han partido desde otras localidades, este año la ruta comenzará previsiblemente en Lumbier. Según Jesús González, miembro de la pastoral penitenciaria, "es el camino más bonito para todos". El recorrido atravesará la Foz de Lumbier hasta Liédena y, desde allí, seguirá por el camino de las Huertas de Yesa hasta el río Aragón para finalmente subir al castillo. La jornada comenzará sobre las 9:30 o 10:00 de la mañana con un almuerzo y una oración comunitaria. La marcha, de unas cuatro horas, tiene como objetivo llegar a Javier sobre las 14:00 horas para comer y, si el tiempo lo permite, visitar la explanada y la capilla antes de la celebración litúrgica. Para estos internos, la experiencia es un soplo de aire fresco. "Se ve en sus caras la libertad", afirma González. Explica que se nota "la satisfacción de ver la naturaleza, de ver gente, de rozarse, de convivir con el resto del mundo". Es una oportunidad única para personas que, en su mayoría, pasan "las 24 horas del día de los 365 días del año dentro del centro penitenciario". El arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela, Florencio Roselló, gran conocedor del entorno carcelario, destaca cómo la fe puede ayudar a una persona privada de libertad. Muchos internos viven situaciones de soledad y abandono, y como él mismo ha escuchado en numerosas ocasiones: "Padre, todo el mundo me ha dejado, solo me queda dios". Roselló asegura que "la fe en prisión hace milagros", ayudando a los reclusos a replantearse la vida, reconducir su situación y no desesperar. Sin embargo, en la Javierada no todos los participantes son creyentes. Jesús González aclara que "incluso hay personas musulmanas", ya que es una actividad "centrada en la persona como tal", que algunos viven como algo religioso y otros "casi como un premio". El papel del capellán y los voluntarios es fundamental en este proceso. Según Roselló, su labor es de "presencia, acompañamiento, es palabra, a veces es silencio". Se convierten en figuras de máxima confianza con quienes los internos pueden abrirse y "devolver la esperanza". Además de la escucha, organizan actividades como catequesis, talleres de manualidades o de valores para "ayudar a forjar la personalidad". La selección de los participantes corresponde a la institución penitenciaria. El perfil suele ser el de "gente que tiene buen comportamiento, gente que lleva saliendo ya alguna vez de permiso, que ya tiene un horizonte de cercano de libertad", explica el arzobispo. Por tanto, la participación en la Javierada no solo es una actividad de reinserción, sino también "un reconocimiento o un premio a su buen comportamiento". Desde la Iglesia, se apoya la reinserción que marca la Constitución, pero Roselló subraya la importancia del "reconocimiento del pecado o, en este caso, del delito". Considera fundamental que la persona sea consciente del daño causado y no se olvide a la víctima, abriendo la puerta a la justicia restaurativa.