Las asignaturas olvidadas para desenvolverse en la vida

Durante décadas, la escuela ha tenido una misión aparentemente indiscutible: transmitir conocimientos. Lengua, Matemáticas, Historia o Ciencias constituían el armazón de un sistema educativo pensado para preparar a los alumnos para la universidad y el mercado laboral. Sin embargo, en los últimos años ha ido ganando terreno una pregunta incómoda: ¿basta con dominar contenidos académicos para desenvolverse en un mundo cada vez más complejo, incierto y cambiante? El debate sobre las llamadas ‘asignaturas para la vida’ –educación emocional, pensamiento crítico , comunicación, hábitos saludables o educación financiera– se ha instalado con fuerza en la conversación educativa. Familias, docentes y expertos coinciden en que preparar a los estudiantes para el futuro exige algo más que aprobar exámenes. Lo que no está tan claro es cómo debe hacerlo la escuela: si incorporando nuevas materias o transformando la manera misma de enseñar. Porque la cuestión de fondo no es tanto qué enseñar, sino para qué educamos. Para Susana Trill, directora del Colegio Estudio Conde Orgaz, la respuesta no debería empezar por una lista de asignaturas, sino por una reflexión más profunda. «Antes de seguir añadiendo materias, deberíamos pararnos a preguntar qué entendemos de verdad por aprender a vivir», plantea. Desde la tradición pedagógica vinculada a la Institución Libre de Enseñanza, el centro defiende que las competencias esenciales no nacen de programas aislados ni de modas educativas, sino de una formación cultural sólida. Pensar con criterio, convivir, interpretar el mundo y actuar con responsabilidad –explica Trill–, no se adquiere mediante técnicas fragmentadas, sino desde una base histórica, científica, filosófica y artística que permita distinguir entre información y conocimiento, entre opinión y argumento. Así, quizá la verdadera asignatura para la vida sea la cultura entendida como experiencia compartida. La reflexión cobra especial relevancia en un contexto dominado por la inmediatez informativa y la sobreexposición a estímulos. «Saber Historia, por ejemplo, no consiste en memorizar fechas, sino en comprender que la democracia es una construcción frágil fruto de procesos complejos que deben ser protegidos. La filosofía aporta juicio moral y racional; la literatura y el arte abren la puerta al pensamiento simbólico y a los valores que sostienen una sociedad. Me cuesta pensar en algo más útil para la vida que todo esto», resume Trill. No todos los centros abordan la cuestión desde un enfoque humanista, pero sí existe un consenso creciente sobre la necesidad de ampliar el concepto de aprendizaje. En Engage International School, esta preparación para la vida no se concibe como un añadido, sino como el núcleo mismo del proyecto educativo. «Estamos en un momento de transición. Hay una conciencia cada vez mayor de que educar no puede limitarse a transmitir contenidos», afirma Carolina López, directora del centro. Preparar para la vida adulta implica, en su opinión, ayudar a los alumnos a entenderse a sí mismos, relacionarse con los demás y desenvolverse en entornos inciertos. En este colegio, la educación emocional, la comunicación, el desarrollo personal o los hábitos saludables forman parte del día a día del aula. No se presentan como compartimentos independientes, sino como el contexto necesario para que el aprendizaje tenga sentido. «Un alumno que se conoce, que sabe expresarse y que confía en sí mismo aprende mejor y está más preparado para la vida», explica López. Su modelo pedagógico se articula en torno a las llamadas Cuatro C’s –Curiosidad, Creatividad, Pensamiento Crítico y Comunicación–, una estructura que atraviesa todas las etapas educativas. El aprendizaje parte de preguntas reales, invita a buscar soluciones, fomenta el análisis de la información y sitúa al estudiante en un rol activo. El error deja de ser un fracaso para convertirse en parte del proceso, mientras el diálogo ocupa un lugar central en la experiencia escolar. Esta idea conecta con una transformación más profunda: la vida no está organizada en asignaturas, y el colegio tampoco debería estarlo. Las competencias aparecen en una exposición oral, en un proyecto compartido, en la resolución de un conflicto o en una tutoría. Su valor no reside tanto en la formulación teórica como en la experiencia cotidiana. Una visión complementaria llega desde The English Montessori School (TEMS), donde la preparación para la vida se entiende como la capacidad de aplicar el conocimiento a contextos reales. «El verdadero éxito reside en lo que el alumnado es capaz de hacer con lo que sabe», explica Leah McFarlane, Head of Seniors, firme defensora de modelos que prioricen el análisis, la evaluación y la resolución de problemas frente a la mera memorización. Este enfoque responde también a una transformación en las expectativas familiares. «Antes, las familias querían simplemente que sus hijos lo aprobaran todo. Ahora el objetivo es más amplio: encontrar su lugar en un mundo en constante cambio», añade Jessica Puritz, Head of Care. Superar las etapas académicas sigue siendo necesario, pero –advierte– si un estudiante no descubre su vocación, el éxito será parcial». En TEMS, el rendimiento continúa siendo importante, aunque ha dejado de ser la única medida del progreso. El centro reconoce valores como la curiosidad, la autonomía o el cuidado hacia los demás, convencido de que esas cualidades anticipan mejor el tipo de adulto que llegará a ser el alumno. La personalización forma parte esencial de este planteamiento. El colegio mide el avance de cada estudiante en relación con su propio punto de partida y celebra que alcance su mejor versión, independientemente de si obtiene la calificación más alta posible. Este cambio –señalan– transforma la forma en que los jóvenes se perciben como aprendices y refuerza su confianza. McFarlane va un paso más allá al cuestionar el propio concepto de fracaso. Prefiere hablar del ‘todavía no’: aún no lo han conseguido, pero lo lograrán con el apoyo y el itinerario adecuados. Para ello, el centro ofrece distintas vías académicas en los años previos a la universidad, convencido de que no existe un único camino hacia el éxito. Este énfasis en la diversidad de trayectorias conecta con uno de los grandes cambios educativos del presente: la idea de que medir a todos los alumnos con el mismo patrón resulta cada vez menos compatible con una sociedad que demanda perfiles distintos. En Luyferivas, esta filosofía se traduce en una combinación de materias específicas, aprendizaje transversal y proyectos prácticos que buscan conectar el aula con la realidad. «Las competencias emocionales, sociales y prácticas son tan importantes como los contenidos académicos», sostiene José Domingo Serrano Sánchez, director técnico del centro. El colegio ha incorporado aprendizajes que tradicionalmente quedaban fuera del currículo, como la oratoria, la educación financiera o talleres de primeros auxilios desarrollados a lo largo del curso. Estas iniciativas no se plantean como actividades complementarias, sino como herramientas para reforzar la autonomía del alumno y su capacidad de desenvolverse en situaciones cotidianas. «Siempre intentamos que lo aprendido tenga un uso real», señala Serrano. Para el director técnico, el reto no es solo añadir nuevas competencias, sino lograr que el estudiante entienda por qué aprende lo que aprende. Cuando percibe la utilidad práctica del conocimiento –explica– cambia su relación con la escuela. La motivación deja de depender solo de la calificación y empieza a apoyarse en la comprensión del sentido. En este enfoque, la oratoria no es solo hablar en público, sino aprender a estructurar ideas y defenderlas con respeto; la educación financiera no se limita a conceptos económicos, sino que introduce la responsabilidad en la toma de decisiones; los primeros auxilios no son una destreza aislada, sino una forma de asumir compromiso con los demás. Serrano subraya que esta aproximación no pretende diluir la exigencia académica, sino reforzarla desde otro ángulo. «El conocimiento cobra más fuerza cuando el alumno lo reconoce como útil», explica. La conexión entre teoría y práctica se convierte así en un elemento clave para evitar la desconexión escolar y fomentar una actitud activa ante el aprendizaje. Además, el centro apuesta por el trabajo cooperativo y la participación en proyectos solidarios como forma de desarrollar competencias sociales y éticas. La experiencia compartida –señala– permite que los alumnos comprendan que el aprendizaje no es un proceso individual aislado, sino una construcción colectiva. «Queremos que nuestros alumnos no solo sepan, sino que sepan hacer y sepan convivir», resume Serrano. Entre todas estas competencias, la educación emocional destaca como una de las demandas sociales más visibles. Algunos centros la han convertido en un eje estructural de su proyecto educativo. Es el caso de los Colegios Zola, donde el programa de Pensamiento Emocional lleva más de una década. «El desarrollo de las competencias socioemocionales es uno de los pilares fundamentales de nuestro modelo», explica Juan González, director general de los Colegios Zola. El programa trabaja la autorregulación, la resolución de conflictos y la comprensión de las emociones a través de rutinas diarias, metodologías activas y actividades coordinadas por el departamento de orientación. Cuando estos hábitos se integran en la vida cotidiana –añade– dejan de ser un aprendizaje puntual para convertirse en competencias naturales que acompañan el crecimiento académico y personal. La apuesta no responde solo a una intuición pedagógica, sino a la evidencia científica que vincula el equilibrio emocional con un mejor desarrollo cognitivo y social. Pero este avance plantea también un debate de fondo: ¿corre la escuela el riesgo de asumir responsabilidades que tradicionalmente pertenecían al ámbito familiar? Algunos educadores alertan de que convertir el bienestar en el eje absoluto podría derivar en una educación muy protectora. Otros responden que no puede haber aprendizaje sin seguridad emocional. El auge de la IA ha intensificado aún más esta discusión. Si las máquinas pueden redactar textos, resolver problemas técnicos o procesar grandes volúmenes de información, la pregunta sobre qué debe enseñar la escuela se vuelve urgente. Para Susana Trill, la respuesta no pasa por tecnificar aún más la educación, sino por reforzar su dimensión humanista. «La IA podrá generar contenidos, pero no comprenderlos ni asumir responsabilidad cívica. La escuela debe formar a quien la maneje», advierte. Desde esta perspectiva, habilidades como la gestión emocional, la creatividad o el pensamiento crítico no se enseñan como técnicas aisladas, sino que emergen de experiencias exigentes: leer con profundidad, debatir ideas, observar la naturaleza, confrontar argumentos o aprender a trabajar en equipo. Las competencias no se ‘imparten’; se cultivan. El debate también obliga a revisar el reparto de responsabilidades entre escuela y familia. Los centros coinciden en que educar para la vida solo es posible desde la corresponsabilidad. «La educación es una tarea compartida que funciona cuando existe una alianza real entre ambos ámbitos», subraya Carolina López.