Un cambio en la mirada educativa para que ningún alumno se quede atrás

Durante décadas, el fracaso escolar tuvo una definición aparentemente indiscutible: malas notas, repetición de curso o abandono temprano. Era un concepto medible, casi estadístico. Sin embargo, algo se mueve en las aulas. Cada vez más centros cuestionan una etiqueta que consideran reductora y que, en muchos casos, no alcanza a explicar qué le ocurre realmente a un alumno cuando se desvincula del aprendizaje. La pregunta ya no es solo quién fracasa, sino qué entendemos por fracaso en un sistema educativo que avanza -no sin tensiones- hacia modelos más personalizados, emocionales e inclusivos. En el Colegio Alarcón, donde conviven distintas miradas pedagógicas, coinciden en que el concepto tradicional se ha quedado pequeño. «El éxito de un alumno no depende exclusivamente de su desempeño académico, sino también de su capacidad para desarrollarse plenamente, construir su proyecto de vida y adaptarse a una sociedad en constante cambio», explica Carmen Masa Jurado, directora académica de ESO y Bachillerato. Esa capacidad de adaptación no representa un cambio menor, ya que si durante años el rendimiento era prácticamente el único termómetro del progreso educativo, esta nueva visión incorpora variables personales, emocionales y sociales. Los especialistas coinciden en que el fracaso rara vez aparece de forma repentina. Mucho antes de que lleguen los suspensos, aparecen señales más silenciosas. «Hablar de 'fracaso escolar' como una etiqueta cerrada puede ser injusto y poco útil. No todos los alumnos recorren el mismo camino ni al mismo ritmo», señala Olga Mateos Cañas, directora del Departamento de Psicología y Orientación Escolar del Colegio Alarcón. La experiencia en los centros apunta a patrones reconocibles: descenso del interés, evitación de tareas, irritabilidad, conflictos o una autopercepción negativa que lleva al estudiante a convencerse de que no es capaz. Detectar estas señales a tiempo es una prioridad pedagógica. Porque el fenómeno empieza a entenderse menos como un resultado académico y más como una pérdida progresiva del vínculo con la escuela. Desde el Colegio Estudio, su responsable de orientación, María José Santelesforo, lo resume con claridad: «Cuando un alumno se desconecta, rara vez se trata solo de falta de esfuerzo o talento; suele haber una ruptura del sentido de lo que se aprende». El matiz es decisivo. El problema deja de ser solo académico para volverse también emocional y relacional. Si hay un terreno donde el cambio resulta más visible es en la importancia creciente de los factores emocionales. Lo que se consideraba un complemento empieza a entenderse como la base sobre la que se construye el aprendizaje. «Cuando un alumno se siente seguro, tranquilo y acompañado, se atreve a participar y a equivocarse», explica Santelesforo. Y equivocarse -recuerdan los expertos- es una condición imprescindible para aprender. La misma idea se repite en las etapas más tempranas. Si un alumno se siente mal, es probable que no sea capaz de estudiar», advierte Marta García Centenera, directora académica de Educación Infantil y Primaria del Colegio Alarcón. La relación es directa: sin autoestima ni sensación de pertenencia, la concentración cae, la motivación se resiente y el riesgo de fracaso aumenta. No se trata de una moda pedagógica, sino de un giro respaldado por la investigación educativa y la experiencia en el aula. Ante este escenario, la atención individualizada emerge como una herramienta eficaz para evitar la desconexión. En Alarcón, la unión de metodologías activas, grupos reducidos y trabajo coordinado con el departamento de orientación permite detectar necesidades y ajustar el acompañamiento antes de que las dificultades se cronifiquen. La personalización ya no se plantea como una medida excepcional, sino como una estrategia preventiva. Observar, escuchar y adaptar se convierten en verbos centrales del proceso educativo. Para Mateos Cañas, este enfoque responde a una evidencia cada vez más asumida: el alumno debe mirarse de forma global, atendiendo no solo a sus calificaciones, sino también a cómo aprende, qué barreras encuentra y qué factores externos pueden estar influyendo. ¿Fracasan los alumnos o fracasa la mirada? Quizá una de las reflexiones más reveladoras llega desde el Colegio Estudio. «Cuando el modelo pedagógico se flexibiliza, lo que cambia no es el alumno, sino la mirada que hacemos de él», afirma Santelesforo. Es entonces cuando se abre esa vía de transición desde el sistema clásico –más selectivo y orientado a clasificar– hacia otro que busca acompañar trayectorias diversas. Durante mucho tiempo, la cultura educativa transmitió la idea de que solo existía una ruta válida hacia el éxito. Hoy el abanico se amplía: itinerarios más flexibles, evaluaciones competenciales y metodologías activas permiten que estudiantes que antes habrían sido etiquetados como fracaso hallen espacios donde pueden sentirse competentes. El cambio no está completado. Persisten inercias como la presión por el resultado o visiones rígidas del rendimiento. La educación parece avanzar en un terreno híbrido donde conviven viejas estructuras y enfoques más contemporáneos. Cada vez que se habla de personalización surge un temor recurrente: ¿se está rebajando la exigencia? Algunos centros rechazan ese planteamiento de raíz. «Las materias tradicionales seguirán siendo esenciales como base del conocimiento, pero deberán enseñarse de manera más conectada con la realidad», sostiene Luis Carlos Jiménez Gámez, director del Colegio Internacional Meres. Su modelo integra habilidades como la comunicación eficaz, la reflexión ética o el bienestar personal dentro de una formación estructurada. La conclusión es clara: rigor académico y desarrollo competencial no solo son compatibles, sino complementarios. No se trata de enseñar menos, sino de enseñar mejor. En este paradigma, la escuela no puede actuar sola. Los especialistas subrayan el papel clave de las familias para sostener el progreso del alumnado. La alianza educativa -basada en comunicación temprana, acuerdos coherentes y seguimiento compartido- permite intervenir antes de que las dificultades se agraven. Porque el fracaso rara vez responde a una única causa. Puede haber dificultades de aprendizaje, ansiedad, tensiones familiares o problemas sociales. Comprender el origen es decisivo para ajustar los apoyos. Cada vez más voces consideran que el propio término resulta estigmatizante y describe mal la realidad educativa actual. Estamos, coinciden los expertos, en un momento de transición: pasar de un modelo centrado en clasificar a otro más inclusivo, orientado a acompañar procesos de aprendizaje diversos. Por ello, cada vez más educadores recuerdan una frase atribuida a Albert Einstein que resume bien el cambio de mirada al que se enfrenta la escuela: «Si juzgas a un pez por su capacidad de trepar a un árbol, vivirá toda su vida creyendo que es un inútil». Durante años, el sistema educativo ha medido a todos los alumnos con la misma vara. Hoy, la pregunta ya no es si todos pueden subir al mismo árbol, sino si la escuela es capaz de reconocer en qué medio puede nadar cada uno.