Cuando era pequeño, la única persona que yo conocía que llevaba tatuajes era en realidad un dibujo animado: Popeye. Pero hoy puedo decir que conozco ya a varias personas próximas que llevan algún tatuaje, sin llegar además a los excesos ornamentales de algunos futbolistas jóvenes o de algunas estrellas del reguetón. Como fetichista convicto y confeso, debo reconocer que los que más me fascinan y me aturden son los que veo dibujados a veces en tobillos, empeines o pies, sobre todo si van realzados con unos elegantes y sensuales stilettos. En mi caso, toda mi piel sigue aún completamente virgen –estilísticamente hablando–, pero si decidiera hacerme un ‘tattoo’, lo tendría muy fácil, pues en Palma hay bastantes locales que los hacen. Según me han contado, muchos tatuajes suelen ser en forma de corazón, como prueba de amor eterno. Y debe de ser verdad. Recuerdo ahora el que se hizo Johnny Depp cuando aún salía con Winona Ryder, «Winona Forever», aunque creo que luego lo borró. Precisamente, una de las grandes ventajas de los tatuajes actuales es que se pueden borrar, salvo que los llevemos pegados en el alma, como nos recordaba doña Concha Piquer en su canción quizás más mítica, Tatuaje. «Mira tu nombre tatuado en la caricia de mi piel./ A fuego lento lo he marcado y para siempre iré con él», decía la letra en uno de sus pasajes más flamígeros. Otra ventaja reseñable de los nuevos tatuajes sería que es posible hacérselos casi en cualquier parte del cuerpo, incluidas las zonas más íntimas, ocultas o sensibles. O eso he oído decir también.