¿Cuestión de vocación? Las carreras que más retienen y las que más se abandonan

«Yo creo que por lo menos una o dos veces por año quise abandonar la carrera y una o dos veces por año he querido abandonar mi especialidad de cirujano torácico. Todos hemos tenido fallos, momentos de bajón. Esto se llama ser humano. Lo importante es que te acuerdes por qué decidiste hacer esa carrera y no otra», afirma en su canal de Instagram Pau Mateo , cirujano y autor de 'Diario de un MIR. Aventuras y desventuras de un médico con vocación'. Como él, los foros de medicina están repletos de futuros médicos que hablan de dejar el bisturí en algún momento de sus estudios, sin embargo, a pesar de la dureza y las exigencias del grado, la mayoría de ellos continúa. Sólo dos de cada 100 estudiantes de Medicina abandonó la universidad el primer año; en el caso de Humanidades la proporción se multiplicó por 12, alcanzando al 24% de los estudiantes, según los últimos datos publicados por el Ministerio de Educación y analizados por ABC. El guion se repite en el análisis de los datos históricos: Medicina, Enfermería y Veterinaria se sitúan como los estudios que generan mayor fidelidad, frente a Humanidades o Psicología que a tenor de los informes son los que menos parecen satisfacer las expectativas de los universitarios. Y cuando se mira la tasa global -el abandono a lo largo del grado- la fotografía apenas cambia: Humanidades o Psicología continúan siendo las más desechadas, mientras Medicina y Enfermería son las que consiguen retener en mayor medida a sus estudiantes. ¿Se puede reducir la explicación de este fenómeno a una cuestión de vocación? Para el catedrático emérito de Pedagogía de la Universidad de Barcelona, Sebastián Rodríguez , la respuesta pasa por un análisis más profundo. «La vocación no es una llamada mística ni un impulso romántico —asegura— hay cuatro patas que la configuran: la trayectoria académica previa, la trayectoria profesional del entorno, el proyecto vital (aquello que nos gusta, nuestros intereses), y por último, la dificultad real de los estudios». En la misma línea se sitúa Antonio Labanda , psicólogo educativo y orientador en varios centros de la capital, que muestra cierto recelo sobre la idea del retoño que ya tiene claro qué dedicación pagará sus facturas en el futuro: «Me extraña que una vez que has nacido ya sepas lo que quieres hacer», señala en tono jocoso, «vas creciendo, vas experimentando, vas investigando y uno de los aspectos en los que tú vas madurando es en tu vocación». «Las carreras con menos abandono suelen ser aquellas que requieren un compromiso previo elevado, como una nota de corte alta», remacha el orientador educativo Sergio Cook. «Ese esfuerzo inicial genera un mayor nivel de implicación: quien ha tenido que luchar por entrar, tiende a perseverar más». Para Cook además la idea de 'vocación' ya no significa lo mismo que hace décadas. «Antes se asociaba a tener un trabajo con el que mantener a la familia; hoy se vincula más a la realización personal, al bienestar y al disfrute del tiempo libre». En ese contexto, asegura, emergen dos perfiles: quienes desarrollan una vocación «intrínseca» —interés real por el conocimiento o la profesión— y quienes se mueven por una motivación «extrínseca», más ligada al salario, el estatus o el estilo de vida. Desde 2015 la oferta de grados universitarios ha crecido un 35% en nuestro país, lo que supone que hoy un bachiller que desee acceder a una universidad cuenta con una oferta de 4.475 carreras: 2.997 en universidades públicas y 1.478 en privadas. Acceder a toda esa información y hacer criba ya puede suponer un reto. «Cuando los chicos y chicas de Bachillerato vienen a verme siempre es buena señal», señala Sergio Cook, pero apostilla, «muchas veces quienes más necesitan orientación son quienes no acuden». En este sentido, todos los expertos consultados por ABC subrayan la necesidad de adelantar y mejorar el asesoramiento a los menores. «Hay que dedicar más horas de orientación en la ESO», sentencia Cook. «No tiene sentido cursar dos años de Bachillerato, unos años muy duros para los jóvenes, sin saber por qué lo están haciendo, sin saber todavía qué carrera o, al menos, rama profesional, les interesa». En España, la orientación académica y profesional para alumnos de ESO y Bachillerato está reconocida como parte del sistema educativo, pero no existe una única asignatura estandarizada y obligatoria con un currículo idéntico. Su presencia se articula de varias maneras y con distintos grados de formalidad según la etapa, la comunidad autónoma y el proyecto educativo de cada centro. «Descubrir intereses profesionales debería empezar en primaria», reflexiona Rodríguez. «No tenemos tradición de lo que en términos anglosajones se denomina 'vocational education', es decir, una educación en toda esa trayectoria vital que se proyecta hacia el futuro. Las charlas informativas que se imparten no sirven para nada si no se basan en evidencias reales. El sistema falla en información, transparencia y orientación», lamenta. De la misma opinión es Labanda que considera un pilar fundamental otorgar a los alumnos las herramientas necesarias para decidir con conciencia. «Cuando hay una elección reflexionada, informada y consciente, el abandono baja mucho -subraya- la clave no es la carrera, es cómo se elige». Precisamente para ayudar a sus estudiantes a que sazonen su elección, el psicólogo les plantea en sus sesiones seis preguntas para que los bachilleres reflexionen sobre su futuro: «¿Qué se me da bien? Por mi forma de ser, ¿dónde me voy a encontrar más a gusto? ¿En qué contexto me muevo? ¿Qué objetivos, qué metas y qué proyectos tengo?». De media, en el curso 2021/2022 (último dato disponible), la tasa de abandono del sistema universitario en primer año, es decir, alumnado que sale y no reaparece en los cursos de seguimiento, se situó en el 13,1%, lo que supone que uno de cada ocho estudiantes dejó la universidad. Si se toma la tasa global (que suma el abandono de 1º, 2º y 3º año) según el último dato disponible es 2019/2020 la cifra asciende al 19,78%, prácticamente uno de cada cinco. Sin embargo, si se desagregan los datos por género las diferencias son notables: ellos abandonan más que ellas. Un 15,25% de los hombres deja el campus frente al 11,49% de las mujeres. Si se observa la tasa global, la distancia es aún mayor: 23,43% de los hombres frente a 16,91% en mujeres. En la mayoría de ámbitos, los hombres abandonan más salvo pequeñas excepciones como en el primer año de Veterinaria o de Agricultura, ganadería y pesca. Labanda recurre a la madurez con que se toma la decisión de qué estudiar para explicar las diferencias por sexo: «Hay menos dudas, más motivación y más madurez en el proceso de decisión de las estudiantes», asegura. De la misma opinión es Rodríguez que aduce que las mujeres «suelen mostrar mayor constancia y adaptación al sistema», lo que se traduce en mayores tasas de éxito. Por ello, precisamente, clama por una mayor inserción de las féminas en grados relacionados con la ciencia y la tecnología donde su presencia es minoritaria (en ingeniería suponen 30,9% y en informática 13,5%). «Hay que hacer una acción proactiva para identificar el talento en determinados ámbitos del conocimiento con respecto a la mujer», afirma el catedrático. «El talento gracias a la naturaleza no se distribuye en virtud del sexo. Por lo tanto, hay que identificarlas, hay que captarlas, pero para esto no se puede esperar hasta segundo bachillerato porque ya puede ser tarde».