En Argentina se acaba de promulgar una reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei (sí, el de la motosierra, amigo de Trump, de Ayuso y de Abascal) que ni es una modernización ni una actualización normativa. Es, lisa y llanamente, un retroceso histórico que coloca a la clase trabajadora argentina en una situación de vulnerabilidad inédita desde hace décadas. Abaratar el despido, permitir jornadas de hasta 12 horas y debilitar la negociación colectiva no son medidas técnicas: son decisiones políticas que buscan desequilibrar la balanza a favor del capital y en detrimento de quienes sostienen el país con su trabajo. Se trata de abaratar a toda costa el tiempo de trabajo, la sangre, sudor y lágrimas de quienes tienen en su fuera de trabajo su único medio de vida.