Koljós

La noticia me pilló en un aeropuerto, camino de Tirana, hace casi tres años. En esos lugares uno deja de ser alguien para convertirse en una secuencia: cola, bandeja, arco, puerta, asiento; un cuerpo con billete, una vida con su código de barras. Abrí el móvil y apareció el funeral por Hélène Carrère en París. El duelo tiene coreografía: todo está en su sitio, incluso la tristeza. Me quedé mirando un detalle mínimo: el rostro de Emmanuel Carrère, su hijo, serio, en su pompa. Pensé: esto lo escribirá.