Hace unos meses se cumplieron 25 años del Premio Nacional de Ensayo otorgado a Javier Echeverría Ezponda (Pamplona, 1948), entonces en el Instituto de Filosofía del CSIC, por Los señores del aire. Telepolis y el tercer entorno (Destino, 1999). Echeverría llevaba años investigando sobre las transformaciones sociales asociadas al desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación (TICs); en 2001, publicó sus propuestas para lograr una alfabetización informacional generalizada y sostenible desde la escuela: en Educación y nuevas tecnologías: El plan europeo E-learning (Revista de Educación del Ministerio de Educación), enumeró medidas a nivel de las infraestructuras, la cultura digital y la adaptación de los sistemas de educación y formación a la sociedad del conocimiento con el objetivo de “enseñar a las personas a estar, moverse, intervenir, actuar e interrelacionarse en el espacio electrónico … saber orientarse, buscar y protegerse en Internet, saber interrelacionarse con soltura en un espacio virtual, saber crear la propia imagen y la propia voz en el medio digital…”. Pasó y pasó el tiempo y dos cohortes generacionales completas han transitado por la educación obligatoria sin que ese objetivo se haya alcanzado y no por falta de iniciativas de diverso tipo: en los primeros 90s algunos profesor@s ya innovaban con herramientas digitales; en 2008 se lanzó el Plan Escuela 2.0 del gobierno Zapatero; a partir de 2011 las grandes tecnológicas (Apple, Google, Microsoft...) ofrecieron profusamente sistemas y dispositivos para el ámbito educativo , en asociación o no con la industria editorial; y sucesivas reformas curriculares han contemplado la "competencia digital" del alumnado. Y así llegamos a hoy con una completa regresión que va imponiendo regulaciones prohibitivas para el uso de las TICs en la escuela y en la vida social, que no se preocupan de formar para conocer y afrontar problemas sino de tratar de evitar riesgos, convencidas -como en la época de la "Ley Seca"- de que la interdicción funcionará. Actitud muy propia de mentalidades conservadoras, no solo académicas, también familiares, que miran para otro lado y prefieren barrer bajo la alfombra antes que asumir la basura, limpiarla y enseñar a reducirla, que anteponen una presunta evitación a la formación de una ciudadanía consciente y crítica. ¡Pobre chavalería que queda, más si cabe, a los pies del gigacapitalismo y sus currículos ocultos! En el camino hasta aquí faltaron, seguramente, reflexión y visión compartida de futuro, equipamientos seguros y técnicamente solventes, formación profunda de los docentes para el cambio, integraciones metodológicas, evaluación de las transformaciones y aplicación del conocimiento adquirido en esa evaluación. Pero el problema, a mi juicio, subyace más profundo: las posiciones regresivas y sus intereses (económicos, ideológicos, de statu quo ) dominan el sistema educativo de nuestro país, se resisten a actualizarlo a través de acuerdos básicos para progresar conjuntamente , algo vivido también en otros campos, tal que el de la educación literaria, en el que la industria del libro de texto ha seguido filtrando y orientando el currículo para mayor gloria de sus cuentas de resultados y sus barómetros de lectura que son, más bien, balances de ventas. En 2006, el estadounidense experto en educación y tecnología Rubén Puentedura describió el modelo SAMR (Sustitución, Aumento, Modificación, Redefinición) para la implementación de las TICs, TACs (tecnologías para el aprendizaje y el conocimiento), TEPs (tecnologías para la participación y el empoderamiento) en el sistema educativo. Redefinición significa transformar, en primer lugar, la comprensión sobre cómo accedemos al conocimiento y, después, de cómo aprendemos, de los procesos, las metodologías, las metas y la evaluación de la enseñanza-aprendizaje. Esto es lo que no pueden admitir ni estomagar los regresivos porque modifica su marco conceptual/relacional/operativo, porque supone una modificación del statu quo, porque constituye un reto para sus mentalidades, su autoconciencia, sus procedimientos y técnicas, y sus convicciones desde la planificación, las regulaciones y la burocracia a las prácticas del aula, las prioridades académicas y la relación con el entorno social de la escuela. Cuando lo dado no funciona, reiterarlo conduce a la frustración y la insustancialidad: sin transformación para avanzar, solo cabrá la regresión. ¿Qué hacer frente a ella? Únicamente sirve la alternativa de persistir en los propósitos de redefinición: reconocer (advertir, interpretar) el influjo de los señores de telépolis y continuar disfrutando la propia tarea educativa (familiar, escolar, social, ambiental) de formar éticamente a las personas para que logren desarrollarse autónomas, conscientes de sí y de sus vínculos con los otr@s, competentes para comunicarse con satisfacción. No estar sol@s, investigar, compartir, tomar la palabra y darla (a los niñ@s, sobre todo; al entorno, a la naturaleza). Y seguir con la vida. ______________ Luis Arizaleta (Pamplona, 1960) ha sido educador literario, autor de “La lectura, ¿afición o hábito?” (Anaya, 2003) o “Circunvalación. Una mirada a la educación literaria” (Octaedro, 2009).